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ABOGADOS: LO QUE NUESTROS CLIENTES DEBERÍAN DE SABER...

Autor: Julio García Ramírez, director del máster en perfecionamiento de habilidades de la abogacía de ISDE

La mayoría de nuestros clientes sólo ven el aspecto más superficial de nuestra profesión: nuestras minutas, nuestra aparente tranquilidad en la sala, nuestra falta de disposición instantánea de sus demandas, nuestro trabajo resumido en unos cuantos folios por lo que cobramos cantidades elevadas, nuestros “fáciles” consejos de cinco minutos, nuestras “ganas” de cerrar un acuerdo para según muchos evitar ir a juicio.

El presente artículo, pretende ayudaros a trasmitir a nuestros clientes, parte de la esencia más importante de nuestro trabajo, que en el fondo realizamos con la mayor dignidad posible por y para ellos. El objetivo es que los clientes “vean” más allá de lo que la sociedad nos ha estigmatizado, y no se crean la aparente “facilidad” del trabajo que diariamente desarrollamos. Sólo entendiendo la dificultad de la profesión de la abogacía nuestras relaciones podrán mejorar y podrán valorar mejor nuestro trabajo y, por supuesto… discutir menos nuestra minutas.

“El objetivo es que los clientes vean más allá de lo que la sociedad nos ha estigmatizado”

1. El valor de la sala

Hace falta mucho valor para hablar en la sala. Nos encontramos ante una actuación pública donde:

– A diferencia de los actores de cine, no se nos permite repetir nuestro alegato si no lo hemos hehco como nos hubiera gustado realizarlo.
– A diferencia de los actores de teatro, no tenemos tiempo para memorizar un papel durante un mes entero para no dejar nada a la improvisación. De hecho, el abogado deberá improvisar a menudo para reaccionar a las estrategias del compañero en pocos segundos.
– A diferencia del político, no nos encontramos con un auditorio entregado por completo, sino más bien absolutamente hostil en la mayoría de las ocasiones.
– A diferencia de una ponencia, donde el ponente tiene cierta autoridad sobre los participantes o alumnos, la autoridad la tiene el Juez.

Hace falta mucho valor, y a la vez, disponer de habilidad dialéctica, dominio de la escena, un dominio máximo del tema y una psicología especial para poder convencer al juez cuando el compañero suele ser igual o mejor que nosotros.

Nuestros clientes deberían de saber, para poder valorar más nuestro trabajo, la tremenda dificultad de plantear una defensa en sala. Si tan fácil ven luchar con otros “gladiadores” en sala sólo tienen que usar la imaginación e imaginar que ellos son los abogados. Este ejercicio de pocos segundos consigue que muchos clientes sientan y valoren, aunque sea de forma mínima, el trabajo de un abogado en estrados.

Nos encontramos ante uno de los mayores y más difíciles artes del mundo de la elocuencia: La oratoria procesal… Y todavía, por desgracia, muchos compañeros desprecian la enseñanza de tal habilidad.

2. Lo más duro que hacemos por ellos

Sin lugar a dudas, lo más duro que hacemos por ellos es intentar no responder a las “vejaciones” de nuestro ego profesional que padecemos cuando, jueces sin ningún tipo de respeto hacia nosotros, nos intentan poner en ridículo en presencia de nuestro cliente, tengan o no razón procesal, aunque, en general, priman los que nos respetan. Porque lo que es razón personal, nadie tiene derecho a faltar el respeto a otra persona, y menos en público, y mucho menos, cuando todos los participantes de un juicio debemos de colaborar juntos de alguna u otra manera, para conseguir que el ciudadano tenga una imagen de la justicia lo más digna posible.

Y la verdad, aguantamos todo lo que padecemos en sala por ellos, nuestros clientes. Y agunatamos quedar como profesionales sin dominio del tema, por ellos, y aguantamos que se nos cuestione nuestra pericia procesal por ellos, para que el juez no trasforme sus valoraciones negativas y , en ocasiones, con no muy buenos modales, hacia nosotros, porque no le gusta como lo hacemos en la sala, en una valoración negativa de nuestras pretensiones, que sin duda, perjudicaría a nuestros clientes.

No, el ejercicio Jurisdiccional no es del todo objetivo, en muchos casos donde la duda existe, la valoración subjetiva que el propio juez haga de nosotros o de la acción que planteamos va a incidir en el resultado final. Esto último lo sabemos todos los abogados, pero no así nuestros clientes.

Nuestros clientes, no entienden que no reaccionemos con dureza ante los comentarios, en ocasiones faltos de respeto del juez a nuestras posiciones procesales, no en el fondo, sino en la forma, de la que se deriva una falta de respeto, que implica faltárselo a los clientes.

Nuestros clientes no entienden que si reaccionamos como realmente queríamos hacerlo en defensa de nuestra dignidad y respeto hacia nuestra labor profesional, su acción corre un serio riesgo. Insisto, un serio peligro.

Nuestros clientes no entienden, y deben de saberlo, que cuando un juez nos falta el respeto por defender sus intereses sufrimos un tremendo estrés que no solo padecemos en sala, sino que nos los llevamos a nuestros despachos, lo compartimos con nuestros compañeros, lo padecen clientes que no tienen culpa de nada, dado que nuestro ánimo está por los suelos y no se trabaja de la misma manera, y lo que sin lugar a dudas es peor, nos lo llevamos a nuestras casas y nuestras parejas y familia lo padecen, unas veces de forma indirecta, ante la imposibilidad de contestar, ni siquiera de una forma totalmente educada y respetuosa al juez en sala.

En realidad estamos “atados” a la responsabilidad de nuestra defensa… muchos jueces lo saben y sin duda se aprovechan de ello, otros también lo saben, y sin duda nos entienden y son comprensivos con nosotros, pero la verdad es que nuestros clientes deberían de saber que en no pocas ocasiones nos callamos por ellos, sufrimos por ellos, antes, durante y después de la sala, y que si nos callamos y no respondemos procesalmente, o personalmente, exigiendo un respeto absoluto a nuestro trabajo en presencia de nuestro cliente cuando se nos ataca a nuestra dignidad en sala, es por una total responsabilidad hacia ellos.

3. Nuestras noches de trabajo

Los abogados somos trabajadores cerebrales no manuales, se nos paga para que intentemos ganar los pleitos, hacer buenos contratos, cerrar negociaciones razonablemente positivas para los intereses de nuestros clientes y, en definitiva, para ser sus verdaderos “guardaespaldas” jurídicos que les permitan realizar un negocio jurídico, o intervenir en un proceso con las mayores garantías posibles.

La teoría especificada en el párrafo anterior está muy bien, pero; ¿cuándo podemos realmente trabajar con la tranquilidad suficiente como para realizar un trabajo de calidad?

La mayoría de nuestros clientes piensan que somos “máquinas automáticas de generar pensamientos jurídicos” y que la inspiración, la reflexión, y la paciencia necesaria para saber generar un trabajo de calidad va implícita en la minuta pagada.

Sí, va implícita, pero necesitamos pensar con tranquilidad para trabajar con la máxima calidad posible, tranquilidad que no facilita el nivel de trabajo y de estrés que todos tenemos hoy en día.

Hay algo que nuestros clientes no saben y deberían de saber en este punto… las noches que trabajamos por y para ellos. Las hora de sueño que nos quitamos de nuestra salud para poder buscar dentro de los espacios de tiempo unas horas de tranquilidad, unos breves momentos de inspiración de los que sólo se benefician ellos, porque si los utilizáramos para mejorar nuestras vidas a nivel personal y emocional, no dudéis que mucho mejor nos iría a todos los abogados.

Cuando nos llaman al despacho y no estamos o nos encontramos reunidos piensan que ese día no hemos estado con su asunto. Puede que tengan razón o puede que no. Puede que esa misma noche después de cenar “robemos” tiempo a nuestras parejas para dedicarnos a ellos.

Nosotros los abogados no solemos descansar casi nunca. Nuestra responsabilidad no está pagada ni de lejos conforme el tiempo, ya no en el despacho, sino fuera de él que les dedicamos. Nos despertamos por la noche con una idea para “armar” una demanda o contestación. Cuando estamos de vacaciones nos llaman, sin saber que ese día ya nos lo han estropeado, al volver a pensar en el trabajo del que llevamos días intentando desconectar.

Nuestros clientes deberían de saber, por tanto, que cuando nos encargan un trabajo, lo añadimos a la “mochila” de responsabilidad que siempre va con nosotros a todas horas, y que muchos de nosotros, en no pocas ocasiones, envidiamos al trabajador que trabaja sus ocho o nueve horas y desconecta al salir del trabajo. Desconexión que no existe en nuestra profesión en la mayoría de las ocasiones… y eso se debe de valorar. Y mucho.

4. ¿Por qué negociar cuando, a veces, es más sencillo pleitear?

Nuestros clientes deberían de saber que para la mayoría de nosotros, resulta mucho más fácil presentar una demanda o realizar una contestación que negociar sus intereses con la parte contraria y con ellos personalmente.

En el fondo:

¿Por qué discutir con nuestros cliente para hacerle ver que lo que le ofrecemos en una propuesta de acuerdo, podría ser mucho mejor que lo que le podría esperar de un proceso judicial, largo, costoso y sin plenas garantías?

¿Por qué discutir con los familiares y amigos cercanos de nuestros cliente lo que es mejor para él?

¿Por qué sufrir el desgaste y la desconfianza que genera el no proponer el acuerdo que realmente quiere el cliente según sus expectativas?

¿Por qué aconsejar a nuestro cliente que “cure” con un acuerdo la tremenda “herida” que le ha ocasionado la parte contraria, ya sea en un proceso de familia, un accidente o en un impagado que le ha llevado al borde de la ruina?

Esta es la respuesta: Lo hacemos por ellos. En su beneficio. Y tienen que saberlo para poder valorarlo.
Los abogados con cierta experiencia tenemos una especie de “bola mágica” ya que intuimos que si un cliente no firma lo que le ponemos encima de la mesa, se pueden derivar mayores problemas para él. En el fondo, creemos saber con cierta certeza lo que les puede pasar, por que los procesos son muy parecido y sus resultados altamente previsibles; la conducta del que no quiere pagar, la persona que comete malos tratos sobre su pareja, el conductor que no respeta las normas de tráfico despreciando la vida de los demás conductores, el padre que oculta sus ingresos reales para pagar menos, la madre que utiliza a sus hijos para hacer la vida imposible al padre, el empresario que despide al trabajador por causas objetivas para ahorrarse los 45 días por año, los familiares que discuten una herencia sacando a relucir sus desavenencias personales alimentadas durante años.

Por lo tanto, mi consejo en este punto es el siguiente; hay que dejarles claro a nuestros clientes que en muchos casos es mucho más sencillo para nosotros interponer una acción judicial, que pelearnos con todos los implicados en un conflicto. Que si intentamos que firme un acuerdo lo hacemos por ellos, para conseguir un resultado razonablemente bueno para sus intereses que evite la incertidumbre y la gran duración de un proceso.

En definitiva, si nosotros no hacemos ver a nuestros clientes la dificultad y dureza de nuestro trabajo, los clientes no los van a valorar como realmente se merece.

Normal. No nos quejamos, si no somos capaces de vender bien nuestro trabajo.