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COACHING JURÍDICO: LA PREPARACIÓN DE TESTIGOS (I)



Autores: Javier Lillo, autor de “El Cuerpo Habla: interpretación de gestos y posturas” (Edit. Crealite 2.012) y de “Los 360º de la comunicación” (Edit. Rasche 2.014) y Juan José de Lanuza, Psicólogo Forense, autor de “Interrogatorio: Tecnología de la comunicación en el ámbito jurídico” (Edit. Difusión Jurídica)

El mes pasado hicimos una primera introducción acerca de la paralingüística. Entre muchas de las lecturas que pueden extraerse de aquel artículo, una de las más importantes, es la de entender la importancia de controlar cada detalle de aquello que sucede en sala.  

La propia acción del letrado, la puesta en escena, es uno de los aspectos más cuidados y repasados antes de la entrada en sala. La noche anterior a un juicio importante imaginamos y ensayamos cada una de esas frases impactantes con el que queremos adornar nuestra actuación.  De la misma forma tratamos de preparar a nuestros testigos, pero, en ocasiones, podemos olvidar que el contexto jurídico es potencialmente tan específico como inexpertos los principales actores “invitados” al mismo. Los principales protagonistas de este acto, aquellos que dan sentido y por los cuales se pone en marcha toda la maquinaria de Justicia, no son los profesionales jurídicos, sino aquellos actores invitados, en su mayor parte esporádicos,  que vivencian de un forma casi traumática la experiencia de tener que ir a que cuestionen su testimonio con las preguntas cuasi-inquisidoras de letrados, Ministerio Fiscal o Magistrado Juez. 

En aquellos procesos en los que no se cuenten con pruebas lo suficientemente contundentes la preparación de los testigos y la capacidad que éstos tengan para sorprender, puede ser determinante para lograr el objetivo trazado en la estrategia. Tomemos como ejemplo lo que sucede en el ajedrez, un juego estratégico donde todas las piezas se distinguen en su valor, siendo la clave del juego la adecuada utilización de todas ellas, es más, de común, aquel que mejor gestiona la utilización de las piezas de menor valor, es el que termina haciéndose con la partida, siendo incluso los peones los que en ocasiones terminan por dar el jaque mate. Es un juego de estrategia y gestión, donde el experto procesa el tablero y sus piezas de forma global, no como un conjunto inconexo de figuras. Todas aportan y sirven a una función común, el juego de un peón modifica la estrategia del resto del tablero y en ocasiones el sacrificio de la reina beneficia el objetivo final. Puede suceder que la diferencia de poseer un simple peón más que el contrincante defina la victoria.

En los procesos legales pasa lo mismo. El equipo jurídico cuenta con determinadas armas, cada testigo, cada gesto, cada documento ó cada línea de información puede determinar el desarrollo de la causa. Aquellos letrados más expertos conocen el principio que refiere a la imposibilidad de que exista un testigo malo, sino una mala utilización del mismo. Es un trabajo en el que la experiencia de un gran letrado por si mismo no garantiza el éxito de lo que se pretende conseguir dentro de los márgenes del código a aplicar, más bien se trata de dotar de sentido a todo el proceso e involucrar a cada actor en su papel concediendo la misma importancia a todos ellos. Tan sólo hay que conocer el alcance de cada testigo y explotar su juego. 

Resulta muy habitual que testigos, tanto de la defensa como de la acusación, comenten dificultades para dormir la noche anterior a la vista oral. En algunos casos el sueño se reduce a un par de horas, y a éste le precede una jornada en la que el 90% del pensamiento se encuentra centrado en la cita judicial, es más, por asociación, el comportamiento y las cogniciones de la persona se encuentran proporcionalmente condicionadas desde una semana antes a dicha cita. Es entonces cuando se pone en marcha una especie de cuenta atrás en la que la tensión exponencialmente crece hasta la fecha del juicio. A modo de ejemplo, entre aquellas personas no habituales que tienen que acudir a declarar a una sala, si una vez pasada la cita judicial tuviésemos la oportunidad de someterlas a un cuestionario en el que tuvieran que relatar su vida cotidiana los siete días previos a la declaración, encontraríamos un lenguaje genérico, pobre y escaso de detalles fruto de las muchas dificultades que tendrían para recordar y resumir rutinas y comportamientos habituales pero envueltos en una nebulosa emocional.

Este comportamiento afecta de la misma manera tanto a los actores de la parte acusada como de la acusadora, y muy al contrario de lo que podríamos intuir este efecto tiene tanto que ver con los hechos que se van a juzgar, como con el escenario y la importancia del contexto judicial. En lo emocional, el simple hecho de prestar juramento o promesa previa a una declaración, puede causar en el sujeto emociones como el miedo, inseguridad, tensión… y todo en base a experiencias pasadas. Si es asiduo a los juicios, posiblemente el trámite le resulte banal. O si alguna vez engañó bajo promesa y tuvo una mala experiencia por ello, es muy posible que el acto dispare un alto índice de estrés. De nuevo, las posibilidades emocionales son innumerables debido a las circunstancias personales del actor. 

El efecto del contexto se puede ver de forma muy clara en las declaraciones de actores que, habitualmente, se encuentran fuera de toda duda y cuya palabra prevalece y tiene valor de verdad; hablamos de los miembros de los distintos Cuerpos de Seguridad del Estado. En rara ocasión se les cuestiona, y su declaración se encuentra apoyada por el valor de verdad que se les supone como garantes de la Ley, y aún así, en muchos de ellos, se les observa movimientos nerviosos, tonos dubitativos, errores en la dicción y gestos que denotan cierto grado de ansiedad y tensión. Esta conducta no tiene nada que ver con lo que se juzga en sala, se observa tanto en simples procedimientos de faltas donde la condena a imponer puede ser de 30€ o en procedimientos penales que dirimen la libertad de una persona. Es lo mismo, el ámbito y contexto judicial, toda la liturgia que rodea a este mundo, tiene esa particularidad, condiciona e infunde un respeto casi sobrecogedor, y cuya emoción asociada actúa independiente a particularidades asociadas a determinadas creencias, contextos culturales o históricos, y por tanto puede ser considerada como una emoción universal.

Una parte importante de esa emoción es innata a la situación, como hemos tratado de explicar con los ejemplos arriba escritos, pero existe un componente emocional sobre el que los profesionales jurídicos pueden trabajar y que ayuda a reducir cuantitativamente la ansiedad de los actores ajenos a Justicia. 

Son pocas las personas que ajenas al ámbito judicial conocen a lo que se enfrentan cuando entran en una sala. Quien más y quien menos ha tenido oportunidad de ver en cine o televisión películas en las que se celebran juicios siendo esa  la única experiencia que tienen en esta área. Imaginan salas llenas de gente, un estrado en el que ellos tienen que subir a declarar. En algunos casos incluso imaginan un jurado popular. Desconocen dónde se tienen que situar, a quién se tienen que dirigir, el orden de una sala y la presencia de las figuras a las que se va a encontrar. No pueden distinguir entre Juez, Secretario o Fiscal ni a quién se tienen que dirigir cuando hablan.

Todas esas dudas ocupan una parte muy importante de sus pensamientos y, el motivo por el cual se encuentran en un juzgado, pasa a un segundo plano. Entran en juego otros factores emocionales como son la vergüenza, el miedo y en algunos casos un sentido del respeto en el que, subjetivamente, la persona visualiza y posiciona al Juez en un plano casi divino.

Cuando entran en una sala se sorprenden, nada es como imaginan, pierden durante unos instantes todo potencial de atención y se encuentran absolutamente desubicados. A duras penas aciertan a escuchar las primeras palabras y el pico de tensión alcanza su máximo nivel, pero no por la situación en sí, sino por el desconocimiento y la desorientación en la que se encuentran. Es en esos momentos cuando más suele ocurrir las llamadas de atención que, lejos de reducir la ansiedad, contribuye a mantenerla e incluso hacerla permanente. Se produce un efecto en el que la propia torpeza consciente retroalimenta la ansiedad de la persona e invalida parcial o totalmente su capacidad de actuación coherente.

En el testimonio que se presta, las primeras respuestas que ofrecen sirven para descargar toda la tensión. En esos momentos podemos observar un fenómeno que ocurre en multitud de ocasiones: la persona que comienza a declarar trata en su primera respuesta de explicar todo lo sucedido de una forma muy atropellada, tiene prisa por reducir la ansiedad y necesita decirlo todo cuanto antes por miedo a que parte de la información pueda ser olvidada. No obstante, la declaración se encuentra condicionada por dos factores asociados a la ansiedad:

1) Existe una pérdida de información por olvido.

2) La declaración de la información no olvidada pierde la mayor parte de su potencial por la inadecuación de factores paralingüísticos y de comportamiento no verbal. 

Si bien la situación que se relata parece extrema, lo cierto es que cada actor esporádico que acude a una sala de Justicia soporta una tensión similar. Entre los distintos tipos de testigos, se pueden distinguir aquellos que tienen una pose más calmada y que transmiten una mayor seguridad y tranquilidad, y aquellos otros en los que su comportamiento objetivo les delata. Pero el componente emocional es el mismo para todos, el concepto de Justicia despierta un sentimiento vivencial universal. 

Por tanto tenemos que asumir que parte de la tensión no va a poder ser trabajada desde ningún plano. Pero otra parte muy importante de la vivencia sí que puede ser trabajada e incluso eliminada.

En raras ocasiones un letrado “pierde” su tiempo en explicar a su patrocinado y testigos los pasos que le conducen hasta su declaración y cada detalle del funcionamiento de la vista oral. Aquello que más preocupa a los letrados es la declaración de sus testigos  y por tanto, trabajan para que memoricen y recuerden ese testimonio y las posibles preguntas de la parte contraria. Se sitúa a la persona en un campo que desconoce. Es como una macabra broma que se gasta al propio patrocinado: se le pone una venda en los ojos y tan sólo se la quita cuando llega al estrado, le asalta la sorpresa y además se le exige, por su bien, que lo haga bien. Pensamos que algo falla, ¿no?

La familiaridad, la experiencia y el conocimiento son aspectos que se pueden trabajar y que reducen notablemente la ansiedad. Se trata de fabricar un “experto virtual”. Cuanto mayor grado de conocimiento sobre el funcionamiento y todos los aspectos colaterales y propios de la vista oral se proporcione al testigo, mejores resultados se van a obtener de su papel en el proceso. Instruir a todos los testigos es necesario, dado que el beneficio exponencial que se puede obtener es notablemente mayor.

La “experiencia” y el conocimiento permite a la persona mostrarse natural, coherente, permitiendo que su  actuación se base en argumentos expresados de forma libre y, ante todo, espontánea. El compendio de emociones transmitidas comunicará veracidad y toda esa experiencia será consecuente y asociada a esos hechos vividos. Facilitar esa expresión es tan sencillo como liberar a los testigos de cualquier emoción ajena a lo que se va a juzgar. Instruir a estos del contexto, significado, fondo y forma de lo que se van a encontrar el día de la vista oral, facilita esa expresión y permite que la persona se centre en lo que realmente es importante.

La posibilidad de acudir previamente a una vista real, capacita a que el principal testigo pueda ir conociendo como se desarrolla el acto del juicio, el que éste pueda conocer el papel por el que los miembros de una sala se significan y, sobre todo, las formas y el fondo de todo lo que envuelve a la vista, con toda su explicación posterior. Es un primer paso, sencillo y con resultados sorprendentes. 

En próximos artículos seguiremos desgranando las claves para la preparación de testigos.