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CONTROLAR EL ESTRÉS EN EL EJERCICIO DE LA PROFESIÓN...

Autor: Julio García Ramírez, director del máster en perfecionamiento de habilidades de la abogacía de ISDE

Son las siete y media de la mañana de un día cualquiera en la vida de cualquier abogado. Se levanta para llevar a sus hijos al colegio; si no los tiene, madruga de todos modos para evitar, en la medida de lo posible, el atasco de entrada a la ciudad.

Es posible que incluso lleve más tiempo despierto repasando el juicio que tiene a las nueve. Para entonces, ya ha recibido tres o cuatro mensajes de clientes que le piden que les devuelva inmediatamente la llamada porque su asunto es muy urgente.

De camino al juzgado, reza para no sufrir una avería en el coche, un atasco monumental o un apagón en el metro, y llega con un importante grado de estrés que irá aumentando a medida que se retrase el juicio por un falta, en la mayoría de los casos, de previsión por parte del juzgado, que ha programado los juicios cada cuarto de hora o media hora cuando el tema es bastante complejo y hay siete testigos y dos interrogatorios de parte. La verdad es que ya va siendo hora de que los abogados nos quejemos públicamente, y no en privado, en los pasillos del juzgado, del poco respeto que para nuestro tiempo muestran algunos jueces.

Pero volvamos a nuestro abogado. Mientras espera, los clientes que cada cinco minutos le llaman al móvil también están esperando. Por unos momentos, debe estar a tres o cuatro cosas a la vez: atender al cliente que está esperando a que empiece el juicio y cada vez se pone más nervioso, atender las demandas de otros clientes y contestar las llamadas del despacho, que le pide que vaya cuanto antes, ya que la mesa empieza a rebosar de asuntos urgentes.

Cuando termina el juicio y llega al despacho, los asuntos que tenía previsto hacer, y que debido al retraso del juicio siguen pendientes, se acumulan con los recién llegados. La mayoría son urgentes. El estrés a esas horas de la mañana ya empieza a pasarle factura, estás más cansado, con menos ánimo y, debido a la acumulación de asuntos, el tiempo que dedica a pensar en la estrategia adecuada para cada asunto es mínimo.

Podría seguir hablando de este abogado, pero vamos a dejarlo tranquilo. Uno tiende a estresarse con sólo recordar un día completo de su ejercicio diario.

“Compañero de viaje”

Los abogados debemos saber convivir con lo inevitable, y el estrés es un “compañero de viaje” que estarás con nosotros todos los días de nuestra vida profesional. Debemos conocerlo lo máximo posible.
Como abogados, podemos saber muchas leyes de memoria, pero solemos desconocer cómo funciona nuestro cuerpo y cómo reacciona peligrosamente ante un exceso de estrés. En el fondo, de qué nos sirve ganar pleitos y mucho dinero si estamos poniendo nuestra salud en peligro o si las tensiones provocan que nuestra vida familiar se resienta gravemente.

Una de las claves de la vida es atender lo importante. Y tan importante es realizar un trabajo extraordinario para nuestros clientes como cuidar nuestro cuerpo y mente, que es nuestro “templo”.

Para ser efectivos en nuestro trabajo y vida personal, debemos ser verdaderos equilibristas entre lo importante y lo urgente.


Conocer el estrés

No todo estrés es malo, existe un estrés que nos provoca enfermedades, pérdida momentánea de memoria… un estrés que nos agota. Pero también existe otro estrés que nos ayuda a superar situaciones comprometidas y saca a relucir lo mejor de nosotros mismos. De hecho, un nivel moderado de estrés es esencial para sobrevivir.

Las reacciones físicas externas que provoca un exceso de estrés las conocemos todos de sobra. Pero ¿y las internas? ¿Sabemos lo que realmente pasa dentro de nuestro cuerpo? Empecemos por descubrir unos datos desconocidos para la mayoría de las personas:

• ¿Qué parte de nuestro cuerpo da la orden al resto de los órganos del cuerpo de que existe una situación estresante, y por tanto “peligrosa”, y que debemos reaccionar ante ella? El cerebro emocional. Dentro de la estructura del cerebro, cada parte tiene asignada una determinada función: la memoria a corto o largo plazo, el pensamiento intuitivo o racional, la vista, la movilidad de las distintas partes del cuerpo, etc. De hecho, cuando alguien sufre un accidente y se lesiona el cerebro, dependiendo de qué zona se haya dañado, quedarán afectadas aquellas partes del cuerpo que se correspondan con dicha zona.

Dentro del cerebro emocional hay un órgano, denominado la “amígdala”, que se encarga de procesar todo tipo de emociones, amor, odio, tristeza, miedo… El cerebro emocional detecta una situación “peligrosa” para nosotros, entendiendo por “peligrosidad” la incapacidad que tenemos en un momento dado de afrontar y controlar dicha situación.

• ¿Qué ocurre cuando el cerebro emocional se activa como consecuencia de un exceso de estrés? Pues que pone en marcha el denominado por los neurólogos “acelerador fisiológico” de nuestro cuerpo, que es el sistema nervioso simpático, y provoca una serie de cambios fisiológicos en nuestro organismo que nos preparan para situaciones de peligro tanto reales como imaginarias, ya que basta con que pensemos en una situación traumática para que se active el sistema simpático.

Cuando esto sucede, se dilatan las pupilas (para ver más), se inhiben las glándulas salivales (sensación real de boca seca), aumenta el ritmo cardíaco (el cerebro necesita más oxígeno) y, entre las funciones importantes que quedan activadas, se estimula la secreción de adrenalina (la auténtica hormona del estrés junto con su prima hermana, la noradrenalina).

Ahora, muchos compañeros entenderán por qué cuando sufren una situación demasiado estresante, como es hablar en determinados juicios en sala, o cuando sufren un ataque de ansiedad no sólo padecen uno de los síntomas descritos, sino prácticamente todos a la vez.

• ¿Por qué es tan malo para el organismo un exceso de estrés? Porque al estar permanentemente activado el sistema simpático, esto es, el “acelerador fisiológico”, nuestros principales órganos (corazón, estómago, pulmones) se encuentran en un claro sobreesfuerzo. Permanecer durante mucho tiempo en dicha situación puede ocasionar problemas graves de salud.

¿Cómo controlar el exceso de estrés?

Dado que el problema no es el estrés en sí mismo, sino la incapacidad para controlarlo y gestionarlo correctamente, expondremos los consejos que la mayoría de los profesionales médicos manifiestan en sus investigaciones aplicadas al estrés para defenderse más y mejor de su exceso. Ponerlos en práctica, en la medida de lo posible, evitará que el estrés ponga en peligro nuestra salud y limite nuestra capacidad de pensar y actuar profesionalmente con una mayor eficiencia.

• Empezar la jornada lo más descansado posible. Sin duda, un déficit de descanso implica tener más posibilidades de que todo nos afecte mucho más de lo normal y que, por consiguiente, nos veamos desbordados por el y trabajo del día e incapaces de controlarlo.

• Planificar la jornada laboral. Una correcta planificación de la jornada laboral ayuda a que sea uno mismo quien dirija la gestión diaria del trabajo. Hay que hacerlo el día anterior, al finalizar la jornada. Se puede reservar un tiempo para imprevistos y si no ocurre ninguno, se puede aprovechar para avanzar el trabajo pendiente.

• Planificar menos de lo que se puede abarcar. La frustración por no haber realizado el trabajo previsto puede generar un alto grado de estrés. Es mejor que nos sobre algo de tiempo que padecer la sensación de no haber realizado la mitad del trabajo que nos hemos propuesto. Resulta tentador abarcar en una jornada lo que no hemos podido realizar en los días anteriores, pero aunque nuestras ganas y ánimo sean ilimitados, nuestro cuerpo no lo es y excedernos en el trabajo diario nos pasará factura más pronto que tarde.

• Clasificar el trabajo por orden de dificultad en importancia. Otra estrategia que ayuda a controlar el estrés puede ser preparar una planificación del trabajo pendiente por orden de dificultad e importancia. Se debería empezar, siempre que sea posible, por los asuntos importantes que no sean muy difíciles de realizar. El motivo no es otro que la satisfacción que genera el hecho de ir cerrando asuntos a medida que nos lo vamos proponiendo. Por el contrario, si comenzamos con un asunto muy complejo, absorberá nuestras fuerzas y si no lo acabamos cundirá el desánimo por no haber terminado los asuntos pendientes y las hormonas del estrés comenzarán a afectarnos.

• Resolver un asunto después de otro y no todos a la vez. Resolver los asuntos por orden, además de evitar un exceso de estrés, facilita la concentración y, por consiguiente, la eficacia en el trabajo que estamos realizando: la concentración es la capacidad de abstraerse de las múltiples interrupciones a las que estamos sometidos por nuestro trabajo, como llamada de móvil, visitas inesperadas, charlas con compañeros de la oficina, etc. Si bien no podemos evitar algunas de estas interrupciones, otras sí. Hacer el esfuerzo por concentrarse implica acudir a todos los medios a nuestro alcance para evitar interrupciones innecesarias.

• Controlar nosotros mismos, y no el cliente, nuestro tiempo y agenda. Si después de atender lo mejor que hemos podido a nuestro cliente, éste nos propone tomar un café, nos tendrá trabajando otra media hora. Media hora que no tenemos. El resto del trabajo se resentirá y el estrés hará su aparición al final de la jornada por no haber terminado el trabajo previsto.

• Ser puntual. La puntualidad es uno de los mejores antídotos contra el estrés. Todos sabemos el estrés que nos producirá un juicio y la cantidad de energía que nos absorberá, si llegamos con el tiempo tremendamente justo al juzgado. Si bien hay algunos detonantes del estrés que no se pueden evitar, éste no es uno de ellos. Salir con el doble de tiempo del previsto nos dará un tiempo extra para repasar los argumentos y estrategias del juicio que multitud de compañeros han sabido “saborear” instantes antes de su comienzo.

• Tener una buena actitud y tender a pensar en términos positivos. Estar constantemente quejándonos de lo que nos disgusta de nuestra profesión no ayuda a ser más eficientes en el trabajo. Con el desánimo y la falta de ganas sólo conseguiremos que el estrés “llame” a nuestra puerta para entrar con toda su fuerza. Pensar en positivo implica tener más capacidad para soportar gran parte de los problemas diarios con los que debemos enfrentarnos.

• Hacer ejercicio o meditación. La meditación y el gimnasio ayudan a mantener a raya el estrés. Las frases “¡No tengo tiempo para ir al gimnasio!” o “¡No creo que la meditación sirva para algo!” son muy habituales para evitar el esfuerzo de hacer deporte o de aprender técnicas de relajación que sabemos perfectamente que nos ayudarían a encontrarnos mejor.

• Separar los problemas personales de los profesionales. Si hemos discutido con nuestra pareja o hijos, el día será muy duro y el estrés aparecerá al menor problema. En el fondo, todos sabemos que empezar el día enfadados con nuestros seres queridos implica estar de mal humor el resto de la jornada. Intentemos arreglar las cosas antes de salir de casa; de los contrario, el día será complicado, difícil y muy, muy estresante. 

Bibliografía
• Biblioteca:
- AMEZCUA VIEDMA, C. Estrés: prevención y control. Madrid: San Pablo, 1999.
- GARCÍA RAMÍREZ, J. Las cuatro habilidades del abogado eficaz. Madrid: Colex, 2006.
- GOLEMAN, D. Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós, 1996.
- PORTA, S. y ZAGLER, G. El estrés: soluciones sencillas y prácticas para un problema que aumenta cada día. Barcelona: Urano, 2005.