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¿EL DERECHO DEL TRABAJO HA MUERTO O VIVE TODAVÍA? UNA REFLEXIÓN SOBRE LAS ÚLTIMAS REFORMAS LABORALES EN ESPAÑA...

Autor: Luis Enrique De La Villa Gil

… les gens que vous tuez se portent assez bien …
Pierre Corneille (Rouen, 1606-París, 1684), Le menteur (1642), IV, II.

Creo sinceramente que nuestro Derecho de trabajo, incluso tras las reformas de los partidos socialista (PSOE) y popular (PP), entre 2010-2013, es el mejor Derecho del Trabajo, en cuanto a su ámbito de aplicación y a sus contenidos, de todos cuantos han regido en España desde finales del XIX, si hacemos excepción del Derecho inmediatamente anterior al impacto de la crisis profunda por la que atravesamos. Porque la rueda de cambios y alteraciones habidas en las leyes, ha sido incapaz de des-esencializar el Derecho del trabajo como sector autónomo del ordenamiento jurídico global, caracterizado antes y ahora por sus principios, sus normas y sus instituciones peculiares. 

“Hablar, pues, del fin del Derecho del trabajo son ganas de hacer tremendismo, por muy nocivas que resulten algunas de las nuevas regulaciones para los trabajadores”

El espectacular avance de la legislación social en el franquismo quedó empequeñecido por la negación de los derechos sindicales de los trabajadores y por un intervencionismo excesivo hasta la década de los sesenta. Son, pues, únicamente sus últimos años los que preparan el Derecho del trabajo que lucirá con la aprobación de la Constitución Española de 1988 y de sus leyes vertebradoras, en particular la Ley del Estatuto de los Trabajadores (1980) y la Ley Orgánica de Libertad Sindical (1985). A partir de ahí, el Derecho del trabajo -incluido el Derecho de Seguridad Social- no ha hecho más que perfeccionar sus respectivos ámbitos de cobertura, laboralizando a un porcentaje de población activa nunca protegido en épocas pasadas.

Nadie sabe de dónde ha salido el eufónico verso en castellano … los muertos que vos matáis, gozan de buena salud. Hubiera podido hallarse, pero no se encuentra, en La verdad sospechosa (1630) del novomexicano Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639), en la escena en la que Tristán se mofa del envalentonado Don García al ver que el finado Juan de Sosa, por méritos que aquel se arroga, hace su aparición por el foro. Este argumento fue copiado por el dramaturgo Corneille, muerto ya Ruiz de Alarcón, siendo empero mérito del francés el verso que figura en el encabezamiento de este artículo y que ha dado pie al verso castellano de mano oculta. De manera que la idea pertenece a Ruiz de Alarcón, la trasposición es corneliana y la versión castiza que pronuncian mil bocas es anónima. En todo caso, nada que ver con los respectivos tenorios de Tirso de Molina (1579-1648) y de José Zorrilla (1817-1893), como erróneamente se asegura con frecuencia.

En un idioma o en otro, el verso viene de perlas para arrojarlo a los unos, que han creído poder matar al Derecho del Trabajo con un golpe de viento, y a los otros, que olvidan el origen y el desarrollo de la intervención de los poderes públicos en las relaciones laborales privadas. Porque el Derecho del trabajo se identifica en la historia cuando el Estado decide recortar el poder de los empresarios en la fijación caprichosa de las condiciones de trabajo. Las leyes van sucediéndose con el mismo propósito, de modo que los trabajadores ganan -recibiendo y conquistando- garantías básicas acumuladas en cuanto a los tiempos de trabajo y descansos, salarios y otras condiciones contractuales, consolidación de un estatus profesional vinculado a la formación y a la función desempeñada, estabilidad relativa en la empresa, prevención de riesgos laborales, licitud de organizarse y de autodefenderse, sin perjuicio de la heterodefensa de sus derechos por órganos públicos.

Si la mayor parte de esas garantías falta originariamente, o entra luego en fuga como la ola, difícil será aceptar la existencia de un ordenamiento proteccionista calificado como “laboral o del trabajo”. Pero si solo falta alguna de ellas, o lo que ocurre es que se degrada un nivel protector pretérito, o existen oscilaciones secuenciales al alza y a la baja, nos valdremos únicamente de calificativos y no de sustantivos para caracterizar la situación: un Derecho del trabajo mejor o peor, un Derecho del trabajo creciente o decreciente, un Derecho del trabajo estable o inestable, un Derecho del trabajo sólido o vulnerable, etc., etc. De no ser así, el Derecho del Trabajo muy desarrollado, en un determinado país, impediría la misma consideración cualitativa para el Derecho de otros países menos o nada desarrollados, arribando por esa vía a un callejón cegado, que haría perder sentido a las organizaciones internacionales y regionales que se dedican a conseguir armonía en los suelos, ya que no en los techos protectores.

Hablar, pues, del fin del Derecho del trabajo son ganas de hacer tremendismo, por muy nocivas que resulten algunas de las nuevas regulaciones para los trabajadores. Mucho más exacto y acertado es el juicio del profesor Manual Carlos Palomeque, aludiendo solo a un desplazamiento del modelo de relaciones laborales, puesto que las fuentes del ordenamiento laboral siguen siendo las mismas de siempre y la combinación de las disposiciones legales y los convenios colectivos no se ha alterado en absoluto con miras a establecer las condiciones efectivas de trabajo. Y, menos todavía, se aprecia el menor cambio en la defensa de los grandes valores y principios constitucionales, a cargo del Tribunal Constitucional (derechos de igualdad, dignidad, no discriminación, libertad sindical, migraciones, etc.) y de los jueces del orden social. Lo más sensato, por tanto, es dejar discurrir la evolución de los acontecimientos antes de emitir, sin su cadáver de corpore insepulto, el certificado de defunción del Derecho del trabajo.

No encuentro, consiguientemente, ninguna razón para situarme, a diferencia de otros colegas, cuyas opiniones respeto naturalmente, en la actitud de “torpeza deliberada” a la que se refiere el historiador del arte Timothy Clark (1943). Prefiero seguir el pensamiento del administrativista Villar Palasí (1922-2012), decididamente brillante : si algo es relativo y se demuestra, se hace ciencia; pero ocuparse en demostrar que es absoluto lo que es relativo, no es más que política, retórica y, en última instancia, mentira.