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BREVES NOTAS AL HILO DEL DÍA NACIONAL DE LA MEDIACIÓN...

 

Autor: Ignacio Aparicio, Socio Director de la oficina de Valencia de Olleros Abogados.

La alta litigiosidad, el colapso de Juzgados y Tribunales y el elevado coste de la justicia, agravado últimamente por el nuevo sistema de tasas judiciales impuesto en España, son claros argumentos para avanzar en el proceso de consolidación de la Mediación como instrumento de gestión y resolución de conflictos. El pasado 21 de enero se celebró, a instancias de diversas asociaciones, el Día Nacional de la Mediación, tomando dicha fecha en conmemoración de la de aprobación del “documento fundacional” de la mediación familiar en Europa [Recomendación número R (98) 1, sobre Mediación Familiar, aprobada por el Comité de Ministros del Consejo de Europa el 21/01/98 1998]. 

“Quizá la Mediación puede considerarse más aformal, espontánea o no definida mientras que la conciliación tiene un carácter más institucional”

Arbitraje y Mediación se enmarcan dentro de los llamados sistemas alternativos para la resolución de conflictos (ADR). Recordar, que si bien en el Arbitraje el árbitro resuelve con carácter vinculante la controversia que, en materias de libre disposición, las partes someten a su decisión, en la Mediación el mediador se limita a acercar posiciones y promover el encuentro con la finalidad de favorecer que las partes logren un acuerdo a su litigio. Si bien la mediación como tal ya existía en nuestro derecho -con gran tradición en el ámbito laboral de conflictos colectivos, entre otros, la promulgación de la ley 5/2012, de 6 de julio, de Mediación en Asuntos Civiles y Mercantiles-, ha dado ciertamente un empuje definitivo a este sistema de gestión de conflictos.

La Mediación surge en Estados Unidos en los años 60 y se desarrolla por el gobierno de Jimmy Carter en los 70, extendiéndose posteriormente a los países anglosajones y al resto del mundo. Si hay un común denominador en el origen de la Mediación son las carencias, limitaciones e insatisfacciones de los ciudadanos respecto a la justicia tradicional, síntomas que empeoran ante la judicialización excesiva de los asuntos cotidianos.

En estas fechas conmemorativas de nuestra “joven” Mediación, son muchas-y seguro que nunca suficientes-las bondades que se vienen a hablar de ella. En estas breves reflexiones, queremos destacar la importante función que corresponde asimismo a los jueces para propiciar la conciliación de intereses en un pleito ya iniciado, a través de los mecanismos que confieren las leyes procesales. Desde nuestra opinión, no existiría mayor distinción o distinción jurídica absoluta alguna entre Mediación y Conciliación. Quizá la Mediación puede considerarse más aformal, espontánea o no definida mientras que la conciliación tiene un carácter más institucional; es posible. Pero lo cierto es que ambos términos se refieren a la intervención de un tercero para llegar a un acuerdo y en dicho proceso y finalidad, no hay en sí mismos estructuras o reglas claras esencialmente definidas.

Volviendo al modelo estadounidense, nos viene a la memoria la típica escena de película o serie televisiva, en cuyos juicios los jueces llaman a su despacho a los letrados y les conminan a llegar a un acuerdo, advirtiendo que su sentencia puede ser más perniciosa de lo que sería un mal arreglo, si no se avienen a buscarlo. La experiencia nos dice que esta fórmula evita la redacción y dictado de cientos, miles de sentencias al año, con lo que supone de ahorro en tiempo y recursos.

Entiéndase que la base de toda mediación, por naturaleza y definición, es voluntaria y debe lograrse por propia iniciativa, sin exigencias ni intimaciones pero la realidad es que el éxito de una invitación a alcanzar el entendimiento, también depende de quién la realiza, en qué momento y de qué manera. Por tanto, además de reclamarse la obligatoriedad de acudir a la Mediación en determinados supuestos, caso de no prosperar, no debe cejarse en el propósito de conciliar y transar, incluso dentro del procedimiento judicial, donde jueces y magistrados además de su función natural de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, pueden y deben tratar de comprometer a las partes a un esfuerzo verdadero de converger voluntades hacia la solución negociada, siempre que sea posible. La norma está ahí y ahondamos en la necesidad de dotarla de contenido. Así, entre otros, citamos la regulación de los actos de conciliación que todavía subsisten en la Ley de Enjuiciamiento Civil de 1881, cuyo conocimiento se otorga a los secretarios judiciales desde junio de 2011 y también el intento de conciliación del juez a llevar a cabo en la celebración de la Audiencia Previa de los Juicios Ordinarios ex artículo 415 Ley de Enjuiciamiento Civil de 2000. 


Además del ahorro en medios que puede suponer la evitación de un proceso judicial o arbitral -o la finalización del mismo por sentencia o laudo-, la Mediación ofrece grandes ventajas, pues nadie mejor que las partes conoce sus verdaderos intereses y el límite de sus pretensiones. Además, la Mediación es especialmente conveniente en algunos conflictos en los que las partes buscan confidencialidad y/o urgencia en la resolución o cuando las relaciones entre ellas deben continuar, como es el caso de controversias empresariales con vínculos familiares o vecinales y la imposición de la decisión de un tercero ajeno, puede generar una herida difícil de cerrar.

Por lo anterior y muchas otras razones, gobierno y legislador, con sus decisiones, unas más acertadas que otras, están tratando de crear en los ciudadanos una cultura de mediación. Y es que, en definitiva, la apuesta por la Mediación no es de un color político u otro; además de lo ya indicado, la resolución pacífica de conflictos a través de esta vía, produce efectos positivos para las personas involucradas y su entorno, al crear espacios de encuentro y un clima para la comunicación; facilita la asunción de responsabilidades y la adopción de decisiones, deviniendo en un instrumento de pacificación social. Cuando se resuelve un asunto “mediando”, la cohesión de la comunidad sale de alguna forma reforzada.

En este sentido y para concluir estas breves reflexiones, podría irse más allá, si se nos permite, y acuñarse que la cultura de mediación forma parte de la cultura democrática, y por tanto, la eficiencia, perdurabilidad, y triunfo de esta institución precisa de la colaboración de todos.