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EN LA MUERTE DE ADOLFO SUÁREZ, EX PRESIDENTE DEL GOBIERNO DE ESPAÑA...

Autor: Luis Martí Mingarro, Presidente de la Unión Iberoamericana de Colegios y Agrupaciones de Abogados (UIBA). Académico de la Real de Jurisprudencia y Legislación

Adolfo Suárez ha sido abogado colegiado en Madrid desde 1962. Como pasó pronto a la política quedó como no ejerciente, pero siempre mantuvo su vínculo voluntario con la histórica Casa de los abogados madrileños.

En mayo de 1996, la Unión Iberoamericana de Colegios y Agrupaciones de Abogados que me honro en presidir acordó rendir al Presidente Suárez, un homenaje que entonces casi 15 años después de su dimisión pocos le tributaban. Honrábamos entonces no sólo al ex presidente español, sino a los también ex presidentes Alfonsín, de Argentina, y Royo, de Panamá. En estas tres personalidades iberoamericanas se daba un factor común: eran abogados y, cuando llegaron a la vida pública y al poder político, supieron afrontar con convicción, dignidad, modestia y eficacia la tarea de conducir a sus pueblos hacia la democracia.

Nuestra organización institucional reúne a los Colegios de Abogados de Iberoamérica y había sido fundada en 1976. Entre nosotros, ya gobernaba Suárez, empeñado por mandato del Rey en llegar a puerto con la nave de la libertad y la democracia y bajo el signo de la paz. A la sazón, por las Américas, los regímenes de facto, tiranías crueles y despiadadas, arrollaban vidas y libertades. Y las gentes de nuestro oficio de aquellas tierras admiraban aquella transición pilotada con arte en aguas difíciles y turbulentas.

Así que no puede extrañar que los abogados que ejercemos en países tan dañados por querellas internas y dictaduras promoviéramos ese homenaje a Suárez, uno de los nuestros, modesto como abogado, importante y decisivo en su vida pública.

Los abogados trabajamos siempre detrás de los sueños de los hombres. Las gentes ponen en nuestras manos quimeras de justicia y horizontes de libertad. Nuestro oficio nos obliga a intentar que esa quimera sea realidad y que ese horizonte esté más cerca. Los ciudadanos quieren paz y les ayudamos a buscarla bajo el imperio de la Ley.

Y eso es lo que había hecho Suárez, un abogado, cuando fue llamado a la vida pública.
En aquel alba de la era democrática él condujo el difícil relevo del régimen, de la ley a la ley, según la fórmula innovadora. Con sencillez y con alma de acero, dio testimonio de sus convicciones: amainó sectarismos, luchó contra los poderes fácticos u ocultos, porfió por las libertades y perseveró, con fuerza, hábil y correoso, para acompasar el ritmo de nuestra historia a la hora del mundo libre.
Cuando los abogados de Iberoamérica rendimos aquel homenaje al Presidente Suárez ya había pasado tiempo desde que detentó el poder. Ahora cuando ha muerto hay mucha gente que ni lo conoce ni entonces vivía. Pero el tiempo es el mejor de los jueces. Es un juez como aquél que descubría el poeta Andrés Eloy Blanco. Un juez que “huía de las bibliotecas y bebía su ley en el agua del campo”. Y allí “ponía su oído sobre las grietas de la tierra”… “para escuchar la voz y la música de las sentencias”. Y el juez del tiempo ha escuchado la voz y la música de las libertades, y ha dictado su veredicto de admiración al Presidente Suárez. Nosotros, sus compañeros en el oficio de abogar, con toda sencillez ya en 1996 le entregamos nuestro afecto de compañeros, nuestro reconocimiento de ciudadanos, nuestra admiración por sus convicciones, por su intuición y por su fortaleza.

Nuestro pueblo siguió adelante el camino entonces emprendido bajo el patrocinio del Rey, bajo la batuta de Adolfo Suárez. Los abogados seguiremos sirviendo a nuestros pueblos y a nuestros ciudadanos. Y también seguiremos orgullosos de que un modesto abogado de Ávila, colegiado en Madrid, cuando tuvo ocasión de servir a su Patria, lo hizo con toda sencillez y con resultado de grandeza que hoy ya todo el mundo reconoce.

Por cierto; el homenaje a Suárez tuvo lugar en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, al calor del recuerdo de los grandes juristas que iluminaron la creación del derecho moderno. Paseando por las calles de la ciudad acompañamos al Presidente Suárez que recibía parabienes y aplausos. “Ahora me aplauden”, nos dijo, quedando en el aire un nostálgico reproche a los sinsabores de antaño. Ahora le aplaude todo el mundo, y sus compañeros de profesión sonreímos en el recuerdo de un gran político, patriota que en su tiempo ejerció el oficio de gobernar con las virtudes que deben adornar a un buen abogado cuando está convencido de la causa que defiende.

Y cuanto digo de Suárez con ocasión de su desaparición, vale también para los grandes aportes que a sus pueblos, a sus libertades, hicieron D. Raúl Alfonsín, en Argentina, y D. Arístides Royo, en Panamá; también como Adolfo Suárez, abogados.