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ESCUCHAR...

Autor: Florentino García González

Ejercer la abogacía va mucho más allá de presentar un escrito ante un Juzgado y defender los intereses de quien ha confiado en nosotros...  Nótese que no hablo de clientes, sino de representados que han acudido a nosotros buscando una solución a sus problemas.   Litigar es apenas uno de los aspectos que debiera atender  un profesional del Derecho, pero no es, con mucho, ni el más importante ni el que más renombre y satisfacción generará al verdadero Jurista. 

“No debes olvidar que eres el primer juez con el que se enfrenta tu cliente. Tu opinión así como la forma en que le tratas propiciará –seas consciente o no–  más expectativas, ¡y temores!, de los que puedes  imaginar”

Un buen abogado –perdónesenos el uso masculino del término pero por  mor de eficiencia lo utilizamos– debe saber, y parafraseo a Diego letrado maestro y amigo, de lo humano y de lo Divino para dar el mejor consejo posible a quien le consulta y a fin de prevenir toda conflictividad indebida y reorientar todas aquellas que se puedan resolver por cauces más apropiados.

Ha de procurar evitar que el dolor del consultante, materia prima que trata el abogado, alcance proporciones injustificadas que de seguro trascenderán su esfera personal repercutiendo en el entorno en el que vive y  trabaja. 

Como ves el resultado de cuanto hagas supera lo que puedas llegar a saber o a imaginar.  Tu palabra ha de ser consejo prudente, tus directrices han de guiarle con claridad hacia los objetivos de tu cliente sin atentar la ley, la moral ni las buenas costumbres.  

No debes olvidar que eres el primer juez con el que se enfrenta tu cliente. Tu opinión así como la forma en que le tratas propiciará –seas consciente o no–  más expectativas, ¡y temores!, de los que puedes  imaginar.

Por eso es imprescindible que además del conocimiento y práctica del foro, te esfuerces en domeñar la habilidad de escuchar y de tratar adecuadamente a tu interlocutor.

Escuchar, el “prestar atención a lo que se oye” de la RAE, solo es posible si sientes un mínimo de interés ya sea por las cualidades de quien tienes al frente o por cuanto expresa. Pero solo será válido si realmente lo sientes, si lo proyectas. Es algo que no se puede aparentar, ¡o al menos no por mucho tiempo! No olvides que el género humano ha desarrollado un exquisito olfato para discernir  lo fingido de lo natural.  Te preguntarás cómo desarrollar esta  atención a voluntad cuando tus intereses y apetencias son distintos, como empatizar con quien poco tiene en común contigo, pues basta con plantearte descubrir a la persona que te habla de sus problemas y lo que realmente quiere.  Es como hacer de traductor. Lo que se quiere de un intérprete es que transmita  con la mayor veracidad posible lo que pretende comunicar un tercero; se quiere que  haga inteligible lo que no lo es.   Lograr comprender la situación de tu cliente y cuanto afecte a sus propósitos es, además, indispensable si te anima ser su palabra ante el juzgador.   

Procura acotar lo que le preocupa.  Lo puedes hacer con preguntas (¿qué es lo que más le preocupa?, ¿qué quiere lograr con ir a los Juzgados?, ¿cuando ocurrió esto?, etc.) o con oportunas indicaciones (concrete qué le preocupa, ¿sabe Vd cuanto le costará “emocionalmente” ir a los Juzgados?, detalle qué fue lo que ocurrió, etc.). Poco importa cómo conduzcas la conversación hacia lo realmente importante pero ¡hazlo!.   

Ten en cuenta que si quieres llevar adecuadamente un caso  has de conocer tanto a tu cliente como a sus pretensiones.   No atiendes un caso, ¡tratas a una persona que dice tener problemas!

EN la medida en que “entiendas” qué piensa tu cliente podrás ayudarle mejor  en un recorrido que tendreis que hacer juntos: tú desde fuera del problema y él con sus preocupaciones a rastras.   Cuando te familiarizas  con su perspectiva, cuando llegas a descubrir  porque enfoca lo que denuncia como problemático te resultará más fácil que hacerle entender los pasos a dar y lograrás su colaboración y respeto.  

Porque, y esto no debes perderlo de vista nunca, debes adecuar tu mensaje no solo al perfil cultural de su receptor sino a su situación emocional.

EN ocasiones bastará con que impartas  instrucciones concretas sin mayores explicaciones, pero si tu intención es involucrar al cliente  nada mejor que explicarle en qué le beneficia –o perjudica-- lo que le sugieres.

Como se puede apreciar en cuanto se ha dicho hasta ahora importa más el conocimiento de lo humano y de lo  Divino que las ciencias jurídicas que cambian con los pueblos y sus circunstancias.

El escuchar faculta a quien lo practique para un mejor diagnóstico de cuanto se le expone, regala tiempo para pensar que contestar y permite, a nada que se haga medianamente bien,   apreciar directamente o al menos intuir qué, por qué y cómo se quiere lo que se reclama. 

Una vez  llegues a saber qué quiere tu cliente, debes empeñar toda tu inteligencia e ingenio  en  procurar  alternativas a la vía juridisccional y agotarlas antes de entrar a Sala.

No debes dudar en contactar con el abogado que represente a la otra parte y si no lo  tuviera condúcete con mayor esmero y esfuérzate en orientarles lo mejor que puedas.    Han de  saber de tu interés por arreglar el problema  demostrando en todo momento que velas por el bien común. 

Mantén informado a tu cliente de los pasos que das.  Es una forma de hacerle partícipe de tus logros y de prepararle para el desenlace.  

Desde el principio de la relación debéis, tu cliente y tu,  acostumbraros a un trato educado y donde predomine el respeto mutuo.    Eres la tumba de sus palabras y hechos y el reparador de sus entuertos.

Como ves, amable lector, tu trabajo es de mayor amplitud que lo que imaginas.