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INTELIGENCIA EMOCIONAL COMO HERRAMIENTA PARA EL JUEZ...

Autor: José Francisco Báez Corona

¿Debe un juez ser inteligente? Es una pregunta que seguramente sería calificada como obvia por su terminante respuesta afirmativa. No obstante, la pregunta no es ociosa cuando nos planteamos también la naturaleza del concepto “inteligencia”. 

“Los juzgadores son seres humanos, por lo tanto entidades con emociones como cualquier otro. Sin embargo, su situación es particularmente compleja ya que su labor les exige día a día vivir en el conflicto”

Normalmente al pensar en el ejercicio de la inteligencia del Juez, se pueden formular ejemplos como la valoración de juicios, el razonamiento lógico de argumentos, establecer una relación sistemática entre nomas jurídicas, inclusive el cálculo de algunas operaciones relativas a la aplicación de penas, fijación de montos, prestaciones, entre otras; todo ello remite a un sólo componente de la inteligencia el aspecto lógico-matemático.

No obstante, un Juzgador también ejerce su inteligencia cuando establece una buena relación de trabajo con el personal de su tribunal, cuando sabe cómo mantener la motivación y atención en una larga sesión de trabajo, cuando es capaz de dirigir con orden la intervención de las partes en conflicto dentro de una audiencia, es ampliamente inteligente cuando tiene conocimiento de sí mismo, de sus propias subjetividades y así evita que éstas tengan influencia en sus determinaciones; también lo es cuando, sin perder la objetividad, puede tratar empáticamente a las partes implicadas en un asunto y desarrollar en ellas un sentimiento de satisfacción con el sistema judicial independientemente del resultado favorable o desfavorable de sus pretensiones; todos estos son ejemplos del ejercicio de otro de los componentes de la inteligencia, la inteligencia emocional.

Cómo lo hemos expresado en otros trabajos (2012). Los juzgadores son seres humanos, por lo tanto entidades con emociones como cualquier otro. Sin embargo, su situación es particularmente compleja ya que su labor les exige día a día vivir en el conflicto, afrontar en cada momento litigios que les implican tomar decisiones sobre los valores más altos de la sociedad como la vida, la libertad, las propiedades, el honor, la seguridad, la familia, entre muchos otros. El litigio en el juzgado, las audiencias, los expedientes, son una caldera de estados emocionales reflejados en las partes: rencor, impotencia, tristeza, culpa, ansiedad, resentimiento y frustración,  ante lo cual, se pide al juzgador que permanezca estoicamente inmune, inalterablemente objetivo, imperturbable, inconmovible, firme, lo cual solamente se puede solventar con el ejercicio de las competencias derivadas de la inteligencia emocional.

Históricamente la inteligencia fue asociada únicamente a la capacidad de resolver problemas abstractos, lógicos o matemáticos un ejemplo de ello son los test de coeficiente intelectual desarrollados por Binet a finales del siglo XIX y principios del XX. No obstante, hace algunas décadas el concepto de inteligencia fue revolucionado por trabajos como los de Gardner (2001) y Goleman (2004), quienes han demostrado que la inteligencia humana se aplica para resolver gran cantidad de problemas en la vida cotidiana, por ejemplo los emocionales.

La inteligencia emocional se entiende como una habilidad cognitiva y funcional que permite comprender las emociones propias y ajenas para poder operarlas en beneficio de las personas.  Es una capacidad que todos los seres humanos poseen en diferente medida y que se puede desarrollar conscientemente; ser inteligente con las emociones implica conocerlas, saber cuál es su origen y canalizarlas o expresarlas en la manera que resulte más favorable o correcta por lo cual se postula como una herramienta fundamental para todo Juez.

La Jurisdicción, como función del estado encaminada a resolver controversias aplicando la ley a casos concretos, se entiende como una actividad que requiere en los y las jueces una serie de características tendientes a evitar que su juicio y su recta razón se nublen por aspectos externos o internos, tales como presiones, consignas, chantajes, prejuicios, rencores, entre otros. Ante esta situación se requiere que los jueces exalten algunas virtudes, por ejemplo imparcialidad, sobriedad, valentía, sabiduría, por mencionar algunas. Muchas de estas virtudes son tendientes a templar el carácter del juzgador, exigen que sea una persona hábil para manejar sus reacciones y sus emociones, que las pueda conocer para determinar sus causas y efectos, lo cual se propicia con la inteligencia emocional.

La inteligencia emocional se integra por cinco competencias: autoconocimiento, autocontrol, automotivación, empatía y manejo de relaciones. El papel que debe jugar el juzgador requiere de autocontrol y autoconocimiento para ser prudente y mantener congruencia en su actuar; empatía y manejo de relaciones ya que su labor se desarrolla constantemente con personas a las que debe de tratar como seres humanos, sin perder la imparcialidad y, finalmente, automotivación para mantener la voluntad de actuar así en todo momento. Por lo anterior se postula que todo juez debe ser inteligente en sus argumentos y decisiones pero también en sus emociones.