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JUECES Y ABOGADOS. CONSEJOS RECÍPROCOS PARA UN MAYOR RESPETO EN SALA...

Autor: Julio García Ramírez, director del máster en perfecionamiento de habilidades de la abogacía de ISDE

El presente artículo, pretende plantear una reflexión sobre el respeto mutuo entre jueces y abogados, entendido como un ejercicio recíproco de empatía profesional, y por qué no decirlo, personal, para mejorar la relación y comunicación que ayudaría a realizar mucho mejor la labor de ambos colectivos, y a dar una mejor imagen ante los ciudadanos cada vez que acuden a una Sala de vistas. El trabajo está escrito desde el más absoluto respeto hacia el colectivo judicial y hacia la abogacía y sólo así puede ser entendido. Sin embargo, aunque la mayoría de jueces y abogados son absolutamente respetuosos con las formas en el ejercicio de sus funciones, hay un escaso procentaje que no y para ellos, esencialmente, va dirigido el presente artículo. Se insiste, desde el más absoluto respeto y sin que nadie que no deba se sienta ofendido. 

“Ayudemos a los jueces a dictar sentencias claras, bien fundadas en Derecho y congruentes... y nos ayudaremos a nosotros mismos”

Introducción

La verdadera razón por la que los abogados, el general, no hablamos muy bien de los jueces y estos, no muy bien de nosotros, para que decir lo contrario, es porque en el fondo deberíamos de respetarnos más mutuamente. 

Para escribir este artículo, voy a imaginarme que tengo delante a un grupo de jueces y magistrados, estamos tomando un café, y de forma sincera, les digo parte de lo que de verdad quiero decirles sobre la forma en que algunos jueces nos tratan en sala desde hace muchos años que empecé a ejercer como abogado. A continuación, también me voy a imaginar que estoy con algunos compañeros de la abogacía y, de la misma forma les voy a decir lo que opinio de nuestras intervenciones en sala. La forma de expresión será por tanto coloquial, y un tanto sorprendente. No por ello, quiero faltar al respeto, sobre todo a los jueces, sino que deseo que mis palabras reflejen cercanía, sinceridad y el entusiasmo de ayudar a conseguir mejorar las relaciones entre ambos colectivos. 

Quisiera empezar con los consejos a los jueces, aclarando que existen muchos que nos tienen a los abogados un respeto extraordinario en sala, y otros, cuyas formas nos gustarían que mejorasen para conseguir durante la vista un mejor entendimiento y comunicación. A ellos van dedicados los siguientes consejos. 

Consejo a los jueces

No soportamos, aunque sea legalmente admisible, que nos reprendáis procesalmente o de cualquier otra forma, delante de nuestro cliente: con independencia de que vosotros, los jueces, entendáis que hemos cometido algún fallo, es mejor que nos lo digáis en privado en cuanto el cliente haya abandonado la sala. Nuestro ego queda herido, y nuestro prestigio mucho más, cuando nos reprendéis con, o sin razón, en su presencia. 

Recordad que en prácticamente ninguna facultad se enseñan técnicas de oratoria procesal, y en pocas escuelas de práctica jurídica. Hace falta mucho valor para, sin tener la preparación necesaria, intervenir en sala, no de forma extraordinaria, sino digna. Vosotros, los jueces, también lo pasáis mal a veces, y recordad que detrás de una reprimenda pública... quizá no tengáis razón, y el daño a nuestro prestigio puede ser irreparable, porque nuestro cliente ya no va a confiar en nosotros. 

A todo el mundo cuando habla le gusta ser escuchado... a los abogados también cuando estamos en sala: no os podéis ni imaginar la terrible frustación que sentimos cuando después de preparar un alegato con el mayor esfuerzo y la mejor profesionalidad posible, algunos compañeros vuestros demuestran un desprecio, en la forma, aunque no sea en el fondo, a nuestras palabras con su lenguaje verbal y no verbal. Sí, ya sé que en ocasiones el alegato es más largo que lo que debería ser, y ya sé que la brevedad es el “manjar” preferido de la mayoría de los jueces en sala. Pero el momento de intervenir en sala es uno de los momentos más importantes de la intervención profesional del abogado y, sin duda, el de más importancia para nuestro cliente, y nos ayudaría el que por unos minutos se hiciera un esfuerzo mejor por, cuanto menos, aparentar un mayor interés en nuestras palabras. A nosotros nos ayudaría a sentir un mayor respeto en sala por parte vuestra y nuestros clientes se sentirían más satisfechos... por lo menos, hasta que llegue la sentencia. 

La amabilidad no está reñida con la profesionalidad: a todos nos gusta cuando nos presentan a alguien que dicha persona, al darnos la mano, nos devuelva una sonrisa o cuanto menos un gesto amable que provoque, que de inicio, la relación sea más fluida. A nosotros los abogados, cuando entramos en sala con un gesto amable, también nos gusta ser correspondidos de igual forma. Debéis de comprender que una mirada excesivamente seria, o con escaso interés por vuestra parte, provoca un mayor nerviosismo y una peor predisposición también nuestra hacia vuestras palabras en el momento del juicio. Luego, no es de extrañar las “peleas dialécticas” que por desgracia ocurren bastante a menudo en sala, en base, sobre todo a una predisposición negativa de ambas partes.  

La puntualidad también es una forma de respeto: Tenéis que saber que los abogados en este puntos nos conformamos con poco, son tantas las horas “perdidas” en los pasillos del juzgado que hemos tenido que soportar, que si el juicio empieza con media hora de retraso, ya nos damos por satisfechos... pero no con dos horas o más, porque a eso, no hay derecho, sinceramente. 

Tenéis que saber la tremenda tensión que se produce entre las partes ante un importante retraso a la hora de entrar en sala. Los nervios de nosotros, los abogados, irán aumentando de manera considerables, y qué decir de nuestros clientes, los cuales desearían estar en cualquier otra parte del mundo en dichos momentos... y para su mayor desgracia, tienen en frente a la otra parte. 

Intentar hacer los señalamientos para que esperemos lo menos posible: Ya sé que es muy difícil, pero intentar mejorar la estimación del tiempo que puede durar un determinado juicio. Y si muchos se suspenden o concilian, significará que entraremos en hora, pero si tenemos un retraso importante implicará que no se ha calculado muy bien el tiempo estimado de lo que puede durar un juicio. 

Si ya no lo hacéis por nosotros, los abogados, intentad hacerlo por los ciudadanos, que son los que en definitiva sufren la tensión de manera más importantes cuando van a un juzgado. 

Si existe una determinada forma de tratar el debate procesal en el juzgado, preferimos enterarnos antes, que durante el juicio: Los abogados entendemos que dentro del respeto a las normas procesales, cada juez tengáis una forma peculiar de llevar su juzgado y de dirigir el debate en sala. Perfecto, pero si existe algún uso que los abogados deberíamos de conocer antes de emprezar el juicio, preferimos que se nos diga sin estar el cliente delante, y antes de empezarlo.

Quizá no estemos de acuerdo, y tendremos que discultirlo antes, pero bastante tenemos con ponernos en la piel de nuestro cliente, y en el del abogado contrario, como para también saber que queréis exactamente vosotros. Respetamos los distintos criterios, pero nos gustaría saberlo antes, para una mejor comunicación entre nosotros.

Consejos a los abogados

Ahora nos toca a nosotros los abogados... y tenemos que mejorar muchas cosas. Empecemos:   

Si queremos persuadir, hay que saber captar la atención del juez: Hay alegatos que duran veinte minutos en los que se tiende a repetir lo mismo que está pefectamente reflejado en la demanda o contestación. Los jueces tienen un mandato legal de oír el alegato, pero lo que se dice escuchar de verdad, escuchan, como es lógico, lo que consideran importante para el desarrollo de la causa. Y se cansan y se aburren generalmente cuando quien les habla no despierta su interés, no en el fondo sino sobre todo en la forma, por ello, una de nuestras principales habilidades debería consistir en hacer interesante lo realmente importante. 

Pero dicha técnica de oratoria procesal, no se adquiere sólo con los años, todos conocemos a compañeros que después de veinte años ejerciendo aburren soberanamente al juez, a su cliente, a la parte contraria y a cualquiera que se siente a escucharlo más de cinco minutos. 

Es necesario que los abogados seamos conscientes de que la asistencia a cursos de oratoria o la lectura de temas relacionados con ella ayudarán a tal fin... aunque algunos opinen que con la colegiación les vale y les sobre para adquirir automáticamente dichas habilidades. 

Si nosotros no mostramos pleno convencimiento por el tema que defendemos, ¿por qué lo va a tener que sentir el juez?: Ya lo dijo Quintiliano, uno de los grandes oradores romanos, “¿cómo es posible que el juez sienta lo que yo soy incapaz de transmitirle?”

La mayoría de los alegatos de los compañeros son lineales, donde el componente emocional brilla por su ausencia: La capacidad de estructurar el alegato, de ser concisos, es decir, ser breve y preciso, de centrar el objetivo del proceso, de realizar un buen interrogatorio, no está reñida con una interpretación del alegato que implique una mayor capacidad de convencimiento de nuestros argumentos. 

Interpretar no es exagerar: Implica decir muchas cosas de la manera que normalmente las decimos, aplicando técnicas de comunicación que están dando excelentes resultados a miles de compañeros hoy en día. 

A los testigos peritos y a la parte procesal contraria, hay que demostrarles en sala, que el rigor y la habilidad para hacer preguntas realmente comprometedoras, son compatibles con el mayor de los respetos hacia ellos. 

No somos maestros de la intimidación procesal. Somos abogados, y nuestra ética y nuestras buenas formas, deben de revestir todas nuestras actuaciones en sala. 

A los jueces no les gusta que intimidemos a los testigos, peritos o partes procesales contrarias. Además de restarnos credibilidad, muchos de los jueces no permiten un exceso de “agresividad” con ellos. Por lo tanto, aconsejo en esta fase procesal que planteemos el fondo de las preguntas que consideremos pertinente de cara a nuestros objetivos, pero que tengamos cuidado con las formas. 

Os aconsejo menors agresividad y más capacidad de análisis, para hacer preguntas comprometedoras de verdad, preguntas cuyas respuestas puedan decidir un pleito a nuestro favor. 

Somos concisos, no breves: La concisión es el verdadero arte de un buen alegato. En la concisión intervienen dos elementos: la brevedad y la precisión. 

La brevedad, porque a la hora de exponer nuestros argumentos en sala nos limita la capacidad de atención del juez. Por mucho que nos oiga, escuchará lo que le resulte más importante, y discriminará de nuestro alegato lo que considera necesario para dictar sentencia, a favor o en contra. 

Y la precisión, porque el abogado debe de centrar sus argumentos en el punto verdaderamente controvertido del pleito y probar los hechos en los que se basa su acción o pretender que se declaren inexistentes o inexactos los hechos alegados por la parte contraria, en caso de ser demandados o denunciados.

Los abogados debemos de cambiar el hábito cuando iniciamos nuestra exposición en la fase de conclusiones. En vez de comenzar diciendo: “con la venia, será breve”, debemos empezar con “será conciso o concisa”.

¿Qué sensación le damos a nuestras clientes cuando después de llevar esperando más de un año a que se dirima su asunto en un juzgado, empezamos nuestro alegato con la expresión “seré breve”? 

La respuesta nos la imaginamos todos, pero pocos hemos reflexionado sobre dicho extremo. Nuestros clientes se merecen que luchemos por sus asuntos tanto en el fondo como en la forma. Es así de simple y complicado a la vez. 

Por lo tanto, y volviendo a la habilidad de ser precisos en sala, antes de empezar a preparar el escrito de alegaciones y conclusiones, nos debemos preguntar: ¿Donde está realmente el centro del proceso? ¿Dónde está la clave del pleito? ¿Qué es lo que realmente debo de probar, y que debo de refutar, para conseguir nuestro objetivo?

Contestemos a dichas preguntas antes de hacer el alegato. Probemos lo que sea esencial y refutemos los argumentos más importantes de la parte contraria y ya está... el resto no depende de nosotros. 

Centrémonos en los hechos probados, y hablaremos en la misma frecuencia que el juez. 

Que lo más importante de un alegato es probar los hechos que se alegan, es algo que cualquier abogado diría que es de sentido común... pero en bastantes ocasiones no es de práctica común. 

Un alegato eficaz, se basa en acreditar, por medio de unas pruebas lo más objetivas posibles, los hechos en los que se basa nuestra acción. Pero a la hora de alegar dichas pruebas, los abogados debemos de ser lo más concretos prosibles para poder ayudar al juez a que, si se ha decidido a darnos la razón, elabore una sentencia lo más clara, y congruente posible. 

El ser concreto a la hora de probar los hechos alegados no significa decir algo similar a: “el presente extremo se ha probado a traves de la prueba documental aportada en autos”. No, así no se consigue un alegato eficaz, dado que dejamos en manos del juez la interpretación de dicha prueba documental y, por decirlo de otra manera más ilustrativa, le estamos diciendo cual es la ruta a seguir... pero no le guiamos hasta el hotel rural que le queremos aconsejar, por lo que puede eleguir otro hotel que no es el que nosotros queremos. 

Lo realmente importante es la concreción a la hora de exponer nuestros argumentos probados, me explico: Aconsejo que cuando se le diga a un juez que un hecho está probado, se especifique al máximo posible como queda probado, y en qué documento, o pregunta realizada en los interrogatorios ha quedado de manifiesto claramente dicho extremo que queremos acreditar. Por ejemplo; “ha quedado probado el hecho cuarto de nuestra demanda, donde se especifica que ...., por la prueba documental aporta en autos, en concreto, a través del documento número tres de la demanda, donde en el primer párrafo el demandado reconoce que ...” O bien, ha quedado probado tal extremo a traves de la prueba testifical practicada, ya que el testigo don ..., cuando se le ha preguntado que si vio como robaba el señor don ...., ha manifestado que por supuesto, que no tenía la menor duda. 

Llevemos al juez hasta el centro de la controversia: No permitamos que se pierda por el camino, porque tiene dudas y al llevarle nosotros mismos se le disipan, o bien porque el compañero ha realizado un excelente ejercicio de distracción y se ha perdido en el camino, y necesitará a alguien que le guíe hacia la verdadera controversia judicial que él está obligado a dirimir, como mejor ha aprendido a hacerlo. 

Ayudemos a los jueces a dictar sentencias clras, bien fundadas en Derecho y congruentes... y nos ayudaremos a nosotros mismos.