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LA DESPENSALIZACIÓN DE LA EUTANASIA, ¿UN DEBATE ABIERTO?...

Federico de Montalvo Jääskeläinen, vicepresidente del Comité de Bioética de España

Cada cierto tiempo resurge en nuestra sociedad o, mejor dicho, en los medios de comunicación el debate acerca de la necesidad de despenalizar la eutanasia, entendiendo que dicha pretensión va, obviamente, referida a la eutanasia activa directa, en la medida que la pasiva (retirar los medios que mantienen artificialmente con vida al paciente) o la indirecta (aplicar un tratamiento cuyo principal efecto es paliar el dolor, pero que puede producir un acortamiento de la vida –el doble efecto-) son legales en España y se vienen practicando en nuestros centros sanitarios. Esta reapertura del debate se produce al amparo de algún caso concreto, normalmente, fuera de España que llama la atención de la opinión pública o de alguna novedad legislativa al respecto en un país de nuestro entormo.

“El problema no es tanto si la eutanasia es permisible o no en ciertos casos que siempre serán pocos y extraordinarios, sino si estamos dando a las personas que se hayan en situaciones vitalmente muy comprometidas el debido cuidado”

Sin embargo, como vamos a sostener a continuación, creemos que dicho debate no es cierto, ya que falta por resolver una cuestión previa como es la del desarrollo de los cuidados paliativos en nuestro país.

Plantear un debate acerca de la despenalización de la eutanasia como forma principal de solventar el problema de la asistencia a los enfermos terminales supone, a nuestro modo de ver, privarles de la oportunidad de vivir su proceso con dignidad (GAFO, 1990). Posiblemente, desde un punto de vista puramente académico o doctrinal, el debate de la despenalización de la eutanasia se muestra muy atractivo. Sin embargo, el verdadero desarrollo de los derechos fundamentales en nuestro país exige afrontar principalmente el problema que supone que se viva el proceso de la muerte sin la debida asistencia sanitaria, tanto por falta de medios personales como materiales (TRUEBA, 2006). Una atención más cuidadosa de los vivos sería la mejor forma de abordar la eutanasia, puesto que muchos pacientes no están recibiendo los cuidados precisos y es el marco del dolor insoportable y de la falta de cuidados donde se produce la petición de eutanasia (CAMPS, 2005). Hablar del problema de la eutanasia en el caso de los enfermos terminales supone aceptar que se trata de un fallo lamentable del sistema. Ello aparece corroborado por el hecho de que en los sitios donde existen programas eficientes de cuidados paliativos, el problema de la eutanasia es una anécdota (GÓMEZ SANCHO, 1996). Si no hay acceso a los servicios de salud, si no hay acceso universal a los cuidados paliativos no podemos hablar de eutanasia; antes tenemos que resolver otras cosas que sí podrían empujarnos a ese tipo de presiones.

Los pacientes que solicitan la aplicación de medidas eutanásicas no están implorando un real deseo de morir, sino un deseo de dejar de sufrir dolor y angustia, un deseo de ser tratados como personas, cuidados con dignidad y queridos en los últimos momentos de la vida (BONETE, 2004). El hecho de que la opinión pública se plantee el problema de la eutanasia no es un fracaso del ordenamiento jurídico como pretende hacerse ver, sino un fracaso del sistema sanitario en el ámbito de la asistencia a los enfermos terminales. El proceso del final de la vida no está siendo asistido médicamente de manera adecuada, por la falta de habilidades de comunicación, por vincular la muerte con el fracaso de la medicina y por el empleo de métodos demasiados agresivos para tratar a los moribundos (McARTHY, 1997).

Un dato interesante y que para el Derecho no debe soslayar es la oposición casi unánime a la eutanasia de los profesionales que trabajan en cuidados paliativos. La Sociedad Española de Cuidados Paliativos señala que promover la legalización de la eutanasia en una sociedad donde todavía están insuficientemente implantados los cuidados paliativos parece una solución equivocada ante un problema que está pendiente de resolver: la correcta atención a los enfermos y sus familias. Además, añade que se han publicado estudios recientes muy rigurosos que muestran que la petición de eutanasia por parte de los enfermos disminuye al mejorar la formación de los profesionales en el tratamiento del dolor y en cuidados paliativos.

Cuando a los enfermos se les ofrece una atención de calidad, esto es, exquisito control de los síntomas, apoyo emocional y atención a los familiares, todo ello junto a los dispositivos necesarios para que el paciente no se considere una carga ni para su familia ni para la sociedad, las demandas de eutanasia descienden a niveles mínimos. Por ello, parece lógico pensar que lo prioritario es desarrollar una red de programas de garanticen una cobertura universal y de calidad para los enfermos que pudieran solicitar la eutanasia y, en este aspecto, todavía queda por hacer.

En relación con todo ello, debemos recordar que los cuidados paliativos se encuentran aún muy poco desarrollados en nuestro país, siendo el número de unidades y equipos, tanto de atención hospitalaria como domiciliaria muy inferiores a los exigidos tanto por las organizaciones científicas como por la Organización Mundial de la Salud. Además, existe un reparto muy desigual entre Comunidades Autónomas, una mala distribución territorial.

En definitiva, el problema no es tanto si la eutanasia es permisible o no en ciertos casos que siempre serán pocos y extraordinarios, sino si estamos dando a las personas que se hayan en situaciones vitalmente muy comprometidas el debido cuidado, ya que, en caso contrario, les estamos colocando en situaciones que pueden ser vividas como peores que la muerte. Atender las peticiones de morir en estas circunstancias, sin procurar que cambien las condiciones de asistencia a los enfermos terminales y a las personas en situaciones difíciles constituye un enorme ejercicio de cinismo. Unos buenos cuidados paliativos y el correcto manejo de la sedación terminal harán que la eutanasia sea vista como nunca debiera haber dejado de ser, el último recurso en casos absolutamente excepcionales. La situación del paciente terminal no se resuelve con el restablecimiento de la autonomía de voluntad de los mismos en la máxima expresión que sea posible. No es problema de autonomía el que vivimos, sino de cuidados.

Fuera de lo que son caprichos políticos, hay algo más profundo que hace que la extensión de la eutanasia y del auxilio al suicidio no sea deseable e incluso contraproducente, porque puede hacer que los esfuerzos se deriven hacia dicha forma de acabar con la vida, desviando los esfuerzos del verdadero objetivo que plantea en la actualidad el final de la vida: hacer que el proceso sea indoloro y digno.

Por lo tanto, mientras que dicho marco no sea impulsado, el debate de la despenalización de la eutanasia no se planteará en términos veraces.