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LIDERAR LO PÚBLICO EN TIEMPOS DIFÍCILES...

Autor: Óscar Cortés Abad, profesor de Gestión Pública y autor del libro “Líderes públicos en la nueva economía”

Qué duda cabe que son tiempos difíciles, tiempos de incertidumbre, tiempos donde tan generalizado es el consenso en que se están produciendo cambios profundos como en que fnadie sabe realmente hacia dónde. 

“Se requieren nuevas competencias, nuevos modelos de liderazgo que empoderen y promuevan entornos profesionales facilitadores donde el talento se active en un escenario donde la innovación deja de ser una opción para convertirse en una obligación”

El nuevo entorno –confuso, inestable, complejo- requiere importantes dosis de liderazgo en los asuntos públicos. Liderazgo a todos los niveles. Al máximo nivel político con buenas condiciones para explicar, transformar y orientar. Pero también es preciso liderazgo profesional basado en una alta capacitación y una nueva cultura de emprendimiento interno y de responsabilización que anteponga vocación y reputación a intereses particulares

Liderar requiere de un líder pero también de la propia acción de liderar y es ahí donde se debe analizar cuál es el conjunto de competencias –esencialmente habilidades y actitudes- que se demandan para el éxito en procesos de transformación y cambio como los actuales.

Por un lado están las relacionadas con las teorías clásicas de la dirección de organizaciones. En primer lugar una visión estratégica no tanto al servicio de una planificación difícil de llevar a la práctica (hoy el largo plazo es lo que hace no mucho se consideraba corto). En segundo lugar, la capacidad en la toma de decisiones y la obtención de resultados, considerados éstos, en lo público, más que la búsqueda del beneficio económico cortoplacista el valor social a largo consolidable en patrimonio público que permanezca. 

Pero en estos tiempos difíciles, líquidos como indica Baumann, no es suficiente. Se requieren nuevas competencias, nuevos modelos de liderazgo que empoderen y promuevan entornos profesionales facilitadores donde el talento se active en un escenario donde la innovación deja de ser una opción para convertirse en una obligación.

Los líderes públicos deben superar la visión autocrática y jerárquica de las burocracias para concebir la gestión como algo relacional, y en red. Lo cual exige impulsar el trabajo en comunidad dentro de contextos participativos muy diferentes al individualismo que impregna la cultura tradicional. Y demanda también una “cultura del error” que conceptúe éste más como motor de mejora y aprendizaje que de penalidad, pensando que es posible caerse y volverse a levantar y asumiendo el riesgo como algo natural necesario para avanzar. Todo ello aderezado de buenas dosis de iniciativa, responsabilidad, prudencia (que no temor), tenacidad y adaptabilidad.

Pero hoy más que nunca es imposible liderar en la esfera pública sin hablar de valores, conductas éticas puestas todas ellas al servicio del bien común y del interés general  que refuercen la dañada y maltrecha credibilidad y legitimidad de las instituciones.

El liderazgo público en última instancia debe ser un liderazgo ético que ponga en práctica unas virtudes -hábitos que ayuden a decidir correctamente- y fomente unos valores. Entre ellos está el anteponer el servicio a la sociedad y el cumplimiento de las leyes por encima de cualesquiera otras ambiciones personales, profesionales o partidistas; la vocación de servir frente a la ambición, la conspiración y el afán por el poder. 

Pero también debe entrar en sus preocupaciones preparar y facilitar el relevo, educar a nuevos líderes y entrenarlos. El liderazgo es un bien susceptible de redistribución, o en palabras de Nader R. “la única función real del líder es producir nuevos líderes no más seguidores”. 

El liderazgo ético demanda unidad y coherencia en todas las facetas profesionales y personales del líder. Humildad asumiendo que no es perfecto pero tiene vocación de perfeccionarse ocupándose de su crecimiento personal y haciendo del aprendizaje una constante de su quehacer diario. Y transparencia en forma de honestidad.

En definitiva si “el ser humano no es un fin en sí mismo sino que lo es a los demás” (Sonnefeld A.) el concepto de un buen liderazgo público no ha de separarse de la orientación al servicio y de la práctica de la virtud. Así deberían ser nuestros líderes públicos en el siglo XXI.