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LA RESILENCIA DEL EMPRESARIO CONCURSADO


La resilencia del empresario concursado



José Mª Marqués Villalonga
(Barcelona, 1969) es abogado, socio de IURISTAX y administrador concursal en ejercicio. En septiembre de 2004 instó el primer concurso de España y ha sido elegido por la publicación BEST LAWYERS como uno de los cuarenta mejores abogados especializados en reestructuración empresarial y derecho de insolvencias en su ediciones de 2008 al 2012. Ha impartido numerosas conferencias sobre la materia en diversas universidades (Complutense, San Pablo CEU…) y otros foros (intercolegiales de Barcelona, Gerona y Zaragoza) y ha participado en diversos trabajos sobre derecho concursal. Ha sistematizado las 170 sentencias emanadas de la Audiencia Provincial de Barcelona desde el 1 de noviembre de 2008 hasta finales de 2010 trabajo que ha sido publicado en la REVISTA JURIDICA DE CATALUNYA. Es colaborador permanente del Anuario de Derecho Concursal dirigido por la Profesora Juana Pulgar Ezquerra y es miembro del claustro del Máster en Derecho Procesal del ISDE.

A principios del mes de noviembre llegan a la costa occidental de los EEUU grandes masas de aire frío procedentes de Canadá. En esa época, las aguas del Océano Atlántico todavía están calientes. Además, en ocasiones, suben desde el Golfo de México grandes masas de aire cálido. Ese contraste entre masas de aire tan diferentes provoca fuertes tormentas a cierta distancia de la costa llamadas “nordeasters” o en singular “tormenta perfecta”. 

La insolvencia empresarial, es decir, la imposibilidad de poder hacer frente a los pagos de forma ordinaria, supone la más difícil prueba a la que debe enfrentarse un empresario. Soy consciente de que el devenir diario de toda compañía implica sortear toda clase de obstáculos y dificultades. Que dirigir un negocio o corporación supone afrontar los retos más elevados. Pero no nos engañemos, en la lista de dificultades, la insolvencia es la “tormenta perfecta” pues los problemas se presentan no en un solo frente sino en todos, de forma extraordinariamente grave y en cortos espacios de tiempo.

Los que han pasado por un proceso concursal acostumbran a decir que ellos creían que lo sabían todo del mundo de la empresa, pero que sólo enfrentándose a un concurso han podido conocer a fondo lo que en realidad significa ser empresario. En este contexto de crisis es donde aparece la resiliencia del empresario.

La palabra resiliencia no es un término habitual en castellano. Significa “la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones, que permiten avanzar en contra de la corriente y superarlas.”

La mayoría de empresarios tiene esta virtud perfectamente asentada en su personalidad. Es consustancial a su forma de entender la vida. El empresario “se crece” ante los problemas. Sin embargo, es necesario que el consultor (abogado o economista especializados en reestructuración) ponga sobre la mesa las herramientas necesarias para sacar lo mejor de aquél a quien asesora. Sin unos buenos consejos se corre el peligro de remar en dirección equivocada. Y el colapso del momento puede bloquear al más audaz de los emprendedores. A continuación relacionaré algunos consejos básicos que pueden ayudar a afrontar con un cierto éxito un concurso de acreedores y que pueden aflorar esa resiliencia del empresario de la que hablamos:

1.- Asumir la radicalidad de la situación. No podemos afrontar la problemática que se nos presenta con soluciones parciales o que no entren a fondo. Por ejemplo, es mejor una buena liquidación a un mal convenio, o un concurso a una refinanciación forzada. Desde luego que a priori es mejor un convenio o una refinanciación, pero si con estas medidas no tenemos claro el futuro, lo mejor es que desde el primer momento asumamos que las medidas tienen que ser más comprometidas. 

2.- Diligencia. Las soluciones que se propongan deben ser acometidas en el menor espacio de tiempo posible. En la mayoría de casos, el tiempo es el peor enemigo de una solución global a la insolvencia. El asesor debe impulsar el procedimiento activamente. Si estamos abocados a la liquidación, se debe promover la venta de la unidad productiva con la misma solicitud de concurso sin esperar a la conclusión de la fase común.

3.- Estrategia. Tener perfectamente definido qué buscamos en el concurso, qué le pedimos al procedimiento, hacia dónde vamos.

4.- Control. Ni el administrador concursal, ni el Juzgado, ni siquiera los acreedores deben tomar las decisiones por nosotros. El deudor concursado y sus asesores debemos liderar el procedimiento, sobre todo en sus fases iniciales. La propia Ley Concursal nos da la pista cuando exige que el concursado está obligado a continuar con la actividad productiva y de servicios que le es propia, con la intervención del administrador concursal.

5.- Optimismo. Huir de soluciones derrotistas. Intentarlo todo antes de optar por soluciones que impliquen el cese de la actividad y la liquidación “a peso”.

6.- No ser prisioneros del procedimiento y la burocracia. Siempre que la solución que queramos proponer tenga cierto sentido y sea beneficiosa para el concurso, existirá un artículo de la Ley que ampare tal decisión. Aunque, no lo negamos, en ocasiones se tenga que forzar la interpretación de la norma.

7.- Transparencia. Detrás de toda insolvencia existe una ruptura de la confianza del mercado. La mejor forma de restablecer ese crédito es explicando a los agentes implicados la raíz de los problemas del pasado y las soluciones de futuro.

8.- No perder de vista la flexibilidad del mercado. Resulta sorprendente lo flexible que puede llegarse a mostrar el mercado ante un concurso de acreedores. Transcurridos unos pocos meses desde su declaración, no es extraño que clientes y proveedores “perdonen” esa insolvencia y deseen encarar los retos del futuro de nuestra mano.

Con estos presupuestos, el concurso de acreedores puede pasar de ser el problema a ser la solución. Desde luego, en la mayoría de ocasiones infligiendo un daño a los acreedores y al crédito público. Pero las alternativas que se presentan son pocas y entre ellas, la de dar vida al empresario de una u otra manera, la menos mala de todas ellas. Es preferible afrontar la adversidad que dejarse llevar por ella. Y lo que propugnamos es dar esa segunda oportunidad a quien puede crear valor.

A partir de aquí, todo queda en manos del que tiene que ser el protagonista, que es el empresario. Si le dotamos de esos recursos necesarios para afrontar el futuro, no tardaremos en verle otra vez enfrentándose a los problemas del día a día. Creciendo, compitiendo, creando. Y no quedará de la “tormenta perfecta” más que los vientos que soplan en su popa.