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RSC, ÉTICA EMPRESARIAL Y TRANSPARENCIA...

Autor: Concepción Sacristán.

“En una época de incertidumbre económica, las empresas y las administraciones deben sentar las bases para la confianza y la estabilidad. Esto solo es posible observando comportamientos y conductas íntegras y ejemplares”.

Así se manifestaba un alto cargo de la Administración española tras la celebración en Madrid el pasado mes de octubre de la conferencia anual del Foro Internacional de Conducta Ética Profesional (IFBEC). Y no le falta razón pues, en el actual contexto internacional de los negocios y enfrascados como estamos en una profunda crisis económica, el reto de generar confianza y credibilidad es un elemento clave para garantizar un crecimiento sostenible.


“Promover altos estándares éticos en el seno de las empresas es un factor estratégico que genera estabilidad y confianza, fortalece la marca y es un factor diferenciador de competitividad”

La responsabilidad social corporativa (RSC), que en nuestro país empezó a dar sus primeros pasos allá por el año 2000, tenía como objetivo la recuperación de la legitimidad de las empresas ante la ciudadanía, introduciendo límites sociales y medioambientales a su comportamiento. De este modo, la RSC se introdujo en casi todas las grandes empresas, que crearon departamentos ad hoc destinados a imponerla en su estrategia empresarial.

No obstante, como agudamente señala el profesor Manuel Escudero, “la RSC no ha logrado, en la mayoría de las empresas, situarse en el corazón mismo de su modelo de negocio” y, a mayor abundamiento, “la crisis como situación límite ha puesto en evidencia el escaso impacto que tiene la RSC para aportar soluciones a los problemas sociales de un país”.

Una de las posibles causas que permiten explicar este “alicorto recorrido” de la RSC pasa por la definición en negativo que el concepto ha tenido desde sus orígenes. La RSC ha basado sus premisas en el “no hacer”: no violar los derechos humanos, no dañar el medio ambiente o no ser cómplices de la corrupción. De manera que, si la RSC se ha centrado en evitar riesgos que son difícilmente cuantificables en una cuenta de resultados no ha podido ocuparse por los problemas generales de la sociedad.

Se habla del desarrollo de una nueva RSC que siga incluyendo el factor preventivo de los riesgos pero que incorpore el territorio positivo de las oportunidades que ofrece a la hora de crear valor.
En este punto es donde considero que es de vital importancia volver los ojos al papel que juegan la ética, la integridad y la transparencia. Promover altos estándares éticos en el seno de las empresas es un factor estratégico que genera estabilidad y confianza, fortalece la marca y es un factor diferenciador de competitividad.

Aquellas empresas que cuentan con una sólida cultura ética se caracterizan por mantener una actitud proactiva, asumiendo sus responsabilidades y transmitiendo a la sociedad su compromiso con valores y principios.


Entre las principales “necesidades éticas” que en la actualidad se plantean las empresas pueden destacarse las siguientes:

• Garantizar la confianza de la sociedad que se ve socavada por la proliferación de escándalos y malas prácticas corporativas y por su amplia exposición mediática.

• Construir una “cultura empresarial” definida a través de prácticas y actitudes responsables y respetuosas -comercial, técnica y socialmente- para alcanzar y mantener la confianza.

• Mantener un bajo nivel de conflicto interno y dotarse de mecanismos eficaces para resolverlos si éstos surgen.

• En un ambiente plural en el que las empresas tienden a ser estructuras cada vez más complejas es primordial que éstas se doten de mecanismos efectivos de integración y consensúen una definición común de los criterios mínimos de conducta que les permita coordinar las energías y capacidades creativas y productivas de todos los miembros.

Aquí es donde ha de destacarse la importancia de la transparencia como uno de los valores primordiales cuando se habla de ética empresarial. La transparencia está destinada a informar a la sociedad sobre todas las actividades, la gestión y los resultados de las empresas. La transparencia implica que la información ha de estar disponible, que sea comprensible, que incluya todos los elementos relevantes y que sea confiable para que permita dar certidumbre y confianza sobre las empresas. De este modo las empresas se vuelve accesible a todos los actores interesados, permitiendo la revisión, el análisis y la detección de posibles anomalías. En la mente de todos está que la transparencia incluye cuestiones como la publicación de las cuentas y de los presupuestos auditados, de las estadísticas financieras, comerciales y monetarias pero además las empresas han de informar sobre la misión, visión y valores que promueve y defiende.

Por otro lado, además de promover la transparencia de cara a la sociedad es conveniente que las empresas hagan un esfuerzo por trasladar esa iniciativa al ámbito interno con el objetivo de que todos los miembros conozcan, se adhieran y se comprometan con los valores empresariales, siendo sujetos activos de la cultura ética de la empresa.

Para ello es necesario que las empresas promuevan iniciativas como:

• Que todos conozcan y entiendan los propósitos y valores que éstas consideran como propios con el objetivo de que puedan llegar a adherirse personalmente a esos valores y comprometerse con los fines y modos de actuación de la empresa.

• Que todos puedan contribuir al proceso de reflexión, crítica y transformación de los valores de la empresa a través de mecanismos que faciliten la detección de conductas o actitudes incompatibles con los valores compartidos.

• Que todos participen activamente en el logro de los fines corporativos y en la realización de los valores comunes.

En definitiva, en esta época de incertidumbre, un tejido empresarial dotado de valores y principios que cuenta con un liderazgo íntegro y ejemplar y con un personal informado e involucrado debería ser considerados como un buen tratamiento para salir de la crisis.