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TÉCNICAS DE COACHING EN EL ÁMBITO JURÍDICO...

Autor: Javier Lillo, autor de “El Cuerpo Habla: interpretación de gestos y posturas” (Edit. Crealite 2.012) y de “Los 360º de la comunicación” (Edit. Rasche 2.014)

Entre las habilidades de un buen abogado, siempre debe ocupar un lugar preferente la de la comunicación; efectiva, clara, hipnótica, seductora, con alcance y capacidad de síntesis. Simple y complejo a la vez, pero en cualquier caso alcanzable. Propugnamos la conversión del abogado en el perfecto coach para su cliente, algo que pudiera parecer banal y carente de relevancia pero que, a la vista de los resultados, se ha demostrado en no pocas ocasiones definitorio.

“Propugnamos la conversión del abogado en el perfecto coach para su cliente, algo que pudiera parecer banal y carente de relevancia pero que, a la vista de los resultados, se ha demostrado en no pocas ocasiones definitorio”

Llevamos años impartiendo cursos y seminarios de comunicación jurídica, junto a Juan José de Lanuza, que enriquece con su visión científica y aporta el contenido de la Psicología Forense al entrenamiento que hoy presentamos. Se ve enriquecido y avalado por disciplinas tan dispares como la Criminología, la Sociología y por supuesto, la Psicología. Más recientemente, las técnicas de Programación Neurolingüística, de Coaching, junto a la kinésica y la paralingüística, se suman para aportar valor al acto comunicativo. Y a pesar de todo, lo que mostramos no es algo original ni novedoso: desde siglos ha, ya con la oratoria ciceroniana y sus consabidas partes del discurso, se venía utilizando esta tecnología, aunque no se les hubiese puesto nombre aún.

“Desde que se recibe la primera llamada telefónica del futuro patrocinado, hasta que se obtiene la sentencia, todo el proceso es susceptible de beneficiarse de este tipo de entrenamiento basado en el poder de la comunicación”

Pero el ámbito jurídico que ahora tratamos, es específico en reglas comunicacionales (“Interrogatorio: tecnología de la comunicación en el ámbito jurídico”, de Javier Lillo y Juan José de Lanuza), y por tanto, su tratamiento ha de ser observado bajo la lupa de estas circunstancias. Así, la interpretación gestual que realizamos en ambientes sociales estandarizados, es radicalmente distinta a la que se realiza dentro de la sala judicial. En cualquier caso, a pesar de esta diferenciación, la aplicación de las técnicas del Coaching, facilita este conocimiento específico de la comunicación en el ámbito judicial. Conocimiento sobre las emociones y su manipulación (bien entendida), conocimiento sobre las herramientas aplicables al mensaje, al interlocutor y al propio emisor, identificación de estados propios y ajenos, en definitiva, un aprendizaje global sobre la comunicación verbal y no verbal que integra los distintos aspectos que inciden en el emisor, en el receptor y en el propio mensaje. 

Todo el proceso judicial, en general, se desarrolla en base a un esquema preconcebido sobre el que actúan las partes y el valor de verdad de todo aquello que sucede queda en ocasiones enmascarado por estereotipos que desde la psicología sabemos que son falsos. No se puede obviar el factor humano y por tanto emocional de todos los actores, factor que incide y condiciona de forma multidireccional e inconsciente todo el desarrollo del acto judicial y protocolario. 

Desde que se recibe la primera llamada telefónica del futuro patrocinado, hasta que se obtiene la sentencia, todo el proceso es susceptible de beneficiarse de este tipo de entrenamiento basado en el poder de la comunicación. Puesto que somos seres sociales por naturaleza y no podemos dejar de comunicar, y así lo hacemos por cada poro de nuestra piel incluso si estamos solos e inertes, la importancia de conocer y aplicar las reglas de estos saberes, queda más que probada. 

En un entorno limitado en el tiempo, condicionado por la información previa, por la trascendencia de los asuntos que se resuelven, y en el que los principales protagonistas son figuras que en la mayoría de las ocasiones pasan por primera vez por una sala de Justicia y por todo el proceso previo al acto judicial, la aparición de estereotipias, y por tanto, la posibilidad de hacer inferencias, resulta mayor que en cualquier otra situación. De ahí el valor de ser capaces de potenciar y maximizar toda la información que nos llega, y abrir nuevas vías de atención y transmisión de conocimiento. El Coaching Jurídico queda dirigido a la mejora de las capacidades comunicativas del profesional, sin obviar el entrenamiento que este debe hacer con su patrocinado, peritos y testigos, para que todo el conjunto quede en sintonía y un buen testimonio no se eche a perder por las temidas interferencias o desenfoques comunicacionales. 

Lo que se dice y cómo se dice son dos aspectos que se modifican mutuamente. Piense en las ironías, en las segundas intenciones, en las preguntas retóricas y finalmente en las mentiras u ocultaciones. Nuestro vocabulario es muy limitado; una persona culta puede manejar en torno a los 4.000 vocablos, y ha de dar salida verbal a su complejo mundo interior, estructurando frases que exterioricen el pensamiento, los deseos e intenciones. Además, tramitando y transmitiendo información al mismo tiempo, utilizando la expresividad corporal de manera instintiva, sin apenas control, bombeando sangre a más o menos ritmo, eliminando calor por las glándulas sudoríparas, taconeando con el pié en un intento por eliminar el estrés de la situación, etc. A pesar de estos manifiestos componentes comunicacionales, nos hemos encontrado con letrados que rechazan el entrenamiento jurídico y  defienden su buen hacer y experiencia dejando a un lado estas sutilezas faltas de eficacia. Sin entrar en discusiones estériles, reconocemos la trayectoria de estos letrados amparados por sus excelentes resultados, pero si a ello sumamos algo que, seguro, potenciará sus capacidades y mejorará las relaciones profesionales, la ganancia en este aspecto es clara. 

Pues bien, a la hora de realizar un interrogatorio, las preguntas no son casuales y sin orden. Han de estar estructuradas de una determinada forma y, aunque se puede preguntar lo mismo de muchas maneras, la elección de una pregunta construida con una semántica y sintaxis concretas puede marcar el resultado. Ponemos por ejemplo la simple elección de una palabra como pudiera ser “inocente” por la de “no culpable”, ambas con el mismo significado base pero con muy distinto calado. Y es que el cuidado de la estructura profunda e histórica en la elección de vocablos, todo el poder de la palabra hablada, se manifiesta incluso a la hora de inundar el inconsciente del receptor con significados que connotan en la balanza judicial. Ello es posible trabajando hasta la oratoria final del proceso, a través del alegato que manifiesta orden en sus partes, correcto desarrollo y esa capacidad de síntesis a la que aducíamos al principio del artículo. 

En todo momento hay que tener presente que las distintas técnicas requieren de la observación, identificación e interpretación de gestos, posturas y estados emocionales del interrogado. Conociendo el estado es más fácil manipularlo. Una de las capacidades que trabajamos en todos los cursos de habilidades de abogacía, es la de improvisación  y cambio de estrategia: mudando formas, argumentos, técnicas y tácticas en función de 

las necesidades del momento. Si reconocemos estados emocionales, si se localizan posibles incoherencias entre el lenguaje verbal y no verbal, entre lo que se dice y cómo se dice, podremos ahondar y ser incisivos para que esas manifestaciones casi imperceptibles se manifiesten en el lenguaje hablado a través de la mentira, error, incoherencia o falso testimonio. De igual forma, potenciar el valor de la verdad. Vemos que estas técnicas que propugnamos, nacidas de la contextualización de los conocimientos de la comunicación verbal y no verbal con otras ciencias como la psicología, la sociología, la criminología y el derecho, pretenden dotar a los profesionales de este mundo de la capacidad para  analizar y pronosticar sentimientos y estados, y aplicar este conocimiento al desarrollo de su labor profesional. Y de este modo, detectar las probabilidades de inferir correctamente las emociones y estados de ánimo de los partícipes judiciales para derivar un índice de veracidad.

Todo lo que hemos mencionado pareciera que tiene por objeto un claro receptor del mensaje: el Juez. Un ilustre que entiende la Justicia y la respeta pues ha dedicado toda su vida para tal fin. Pero al margen de las excepcionales dotes para dirimir culpabilidades o inocencias, no olvidamos que ante todo es una persona con toda su carga emocional/circunstancial y con claro margen para hacer efectivas las capacidades aprendidas. Además de las específicas formas de relación existentes entre las partes y el Juez, en esta temática que presentamos, con mucha cautela, también tratamos las diversas formas de relación que nos capacitan para mejorar el juicio analítico que escudará la sentencia. Las apariencias, el cansancio, las diversas circunstancias personales, la hora del día, la experiencia personal…, son factores que determinan a todo ser humano y por supuesto, han de ser tenidas en cuenta en el desarrollo del juicio.

Para terminar, mencionaremos la ecuación comunicativa que nos informa sobre los porcentajes de los tipos de comunicación en un mensaje con habla incluida: el 80% de ese mensaje es comunicación no verbal y el 20 % restante se refiere a la verbal. Es decir, el 80 % incluye todo lo que acompaña al habla y que pudiera distraer la atención del mensaje hablado. 

Es por todo ello por lo que, en definitiva, el buen comunicador será el que transmita el mensaje hablado eficazmente a uno o varios receptores; exactamente en los mismos términos en los que desea hacerlo.