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UN TERRITORIO SIN FRONTERAS...

Autor: Enrique Pedro Basla

"El artista es responsable sólo ante su obra. [...] Tiene un sueño, y ese sueño lo angustia tanto que debe liberarse de él. Hasta entonces no tiene paz. Lo echa todo por la borda: el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo, con tal de escribir el libro."

Faulkner

Un día vino Horacio Castillo (1). Acababan de nombrarlo miembro de la Academia, lo que no se le notaba para nada, siempre tan sencillo, tan perfil bajo. Comentaba su último libro “Los gatos de la Acrópolis”, título un poco intimidante, hasta que narró la anécdota por la que, en un viaje a Grecia, lo había elegido.

“Escribir es la maravilla de un territorio sin fronteras, ni límites”

Yo estaba encantado de escucharlo. Lo conocía desde hacía años y siempre había sido muy cordial. A pesar de que nuestros encuentros lo eran en el marco de tediosos procesos judiciales, donde nos enfrentábamos representando a los contendores.

Siempre me costó reparar en sus argumentos. Tanto me atraía su prosa, sus formas literarias, esa manera cadenciosa de desarrollar los silogismos. Por eso me contentaba con lograr una buena transacción de los pleitos. Sabía que estaba en desventaja. Su pluma, su gramática, sus metáforas me sacaban –sin quererlo- de juego.

Ese día dijo lo que yo nunca debiera haber escuchado:

“Con esta palabra estuve seis meses”.

Fue un rayo fulminante. La sensación de vergüenza fue inconmensurable. Él, el académico, al autor consagrado, el literato admirado, declaraba con esa humildad, lo trabajoso de su encuentro con un significado preciso.

Y a mí me lo decía. Pretenso escritor, aspirante a poeta. A mí, que sólo dedicaba unos minutos a escribir unas líneas a las que adjudicaba rango de obra literaria.

Sus palabras fueron paralizantes. Me sentí como todo impostor que ha sido descubierto. Y descubierto en público, preguntándome qué hacía yo allí, en ese sitio que seguramente era el lugar equivocado para un lanzado, sin sentido de la autocrítica y con la audacia de haber sacado a la consideración de los demás, esos impromptus, a los que pomposamente había reunido en un libro “Punto Inicial”, con el subtítulo de “Poemas de Enrique Basla”.

Ayer me llamó María Eugenia. (Me encanta cómo escribe esa flaca). Me contó lo de la búsqueda. La indagación de porqué escribimos. Desde dónde nos sale el impulso. Qué pasa con el cuerpo, con la mano, mi mano, cómo galopa el corazón. Qué observamos cuando leemos. Como se produce la epojé fenomenológica de aquellos textos en que nos adentramos. Esto es, qué imágenes recreamos de aquello que impresiona nuestro espíritu, cómo reescribimos en nuestro interior las historias que los otros narraron. Qué aprovechamos de las formas que se nos proponen. Cómo las transformamos.

Me pareció fascinante. Esto me recordó a Sergei, aquel ruso al que debía interpretar en las clases de teatro sin lograrlo, hasta que Corita me indicó que dijera el texto, precisamente, en el idioma del personaje (que por supuesto no conocía y debía inventar). El efecto fue increíble. La psique du rôle apareció como por arte de magia y lo imposible se hizo sencillo. Fui Sergei y lo disfruté. (Y de rato en rato vuelvo a serlo, cuando tomo ginebra y logro cantar con voz de bajo).

El recurso inesperado, pero efectivo. La indicación. El modo de lanzarnos motivados por caminos que no sabíamos siquiera que existían. La introspección reveladora.

Nunca me había puesto a pensarlo. Y ahora que lo hago, no todo aparece claro. Y menos al primer intento.

Si sé que todo empieza siempre como una compulsión. Y que esa compulsión se vincula a sentimientos fuertes, generalmente atados a un cierto heroísmo, a una cierta épica.

El gatillo disparador de la compulsión es siempre una emoción originada en una vivencia propia o ajena, real o imaginaria, de hechos ocurridos o de fantasías de futuridad.

La compulsión es inesperada y fugaz. Por eso exige una inmediata escritura o, al menos, el registro de una línea que la resuma y que debe almacenarse, porque si así no se hiciera, se pierde.

La emoción y su voltaje sensibilizan, y ayudan a derribar las barreras de la expresión y del lenguaje. Todo nos lleva a escribir lo que ordinariamente no nos animaríamos a decir, porque va más allá de nuestro yo instalado, del que los demás y nosotros mismos reconocemos como tal.

Aparece allí una trasgresión, seguramente imperceptible para ojos ajenos, pero no para nosotros, que sabemos claramente los límites que hemos traspasado. Eso realimenta los sentidos y los sentimientos, alegra, a veces atormenta y siempre asombra.

La sensación de sorpresa es para mí la causa por la que he pensado que sólo soy un amanuense que escribe lo que otro le ha dictado, o un impostor que se apodera de historias ajenas y las cuenta como propias.

Como en un proceso de anamnesis, donde se reproducen aconteceres pretéritos que –reencarnados- se reviven a través nuestro. Como si fuéramos verdaderos mediums.

El cuerpo se estremece y se excita. La mano se independiza y se adelanta a las ideas, dejando atónita a la inteligencia. Marcha con motor propio. Cuando se detiene, está pidiendo ayuda. Pero basta un nuevo envión al que concurre nuestra cabeza, para que el proceso se reinicie febrilmente.

Es difícil, quizás imposible, establecer dónde tenemos almacenadas las imágenes. Principalmente aquellas que hemos creado a partir de otras lecturas. Las de la mesa de caoba de Borges, del baobab de Saint Exupery, o del cuerpo docente de Benedetti, quedaron guardadas en algún lugar. Puede que alguna vez (o nunca) sean convocadas para mi propia escritura. ¿Tendrán algo que ver con lo que pensaron ellos? Nunca lo sabré. Y en realidad no importa. Valen por el proceso de transferencia.

¿Cuándo fue que me fasciné con esta o aquella palabra? ¿Cuál es el horizonte escatológico de lo que creo que estoy mentando al escribirla?

Es la Historia de la Cordina. La que contaba mi sobrina Estela cuando tenía tres años.

Pasó bastante tiempo hasta que supimos que la Cordina era un animal sui géneris: patas de pato, cola de lagarto, cuello de jirafa, cabeza de paloma, que volaba agitando las orejas de elefante.

A veces hacemos algo así con las palabras. Las achicamos, estiramos, deformamos, subvertimos o, sencillamente, las inventamos. Pero siempre como una apelación dentro de un contexto donde mezclamos convenciones y arbitrariedades.

“Con esta palabra estuve seis meses”, dijo Horacio. ¿Qué habrá querido decir?

Significar, pero también provocar, estimular, contradecir, traspasar, derribar, construir, memorar, proyectar.

Escribir es la maravilla de un territorio sin fronteras, ni límites, donde imaginamos que carecemos de carencias, en el que podemos desbaratar, magnificar, suprimir. Casi una sensación de omnipotencia, como una aproximación a la divinidad.


1. Poeta, traductor, ensayista y Abogado. Realizó traducciones de textos de numerosos poetas griegos como Calímaco, Kavafis, Elytis y Ritsos, entre otros. Publicó los libros: Descripción (1971), Materia acre (1974), Tuerto rey (1982), Alaska (1993), Los gatos de la Acrópolis (1998), Cendra (2000), Música de la víctima (2003) y Mandala (2005). Miembro de la Academia Argentina de Letras y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española (RAE).